A un año de la tragedia, Santo Domingo rugió y lloró, pero aún no libera su dolor

Mía González

Dr. Alexis Vargas

Un año después, Rafael habría de recordar el día en que Mariela salió hacia la sala de espectáculos… como quien camina sin saber que se dirige al fusilamiento, para no regresar jamás.

Aquella noche no comenzó con tragedia.
Comenzó con esperanza.

Bárbara y Olián dos hermanas guaras, de 26 y 27 años habían reunido durante más de un mes cada moneda, cada sacrificio, para comprarse una sola noche de alegría.

Una noche que prometía música, luces y la voz inconfundible del tenor del merengue dominicano, capaz de hacer vibrar hasta los recuerdos que uno juró haber enterrado.

Mientras tanto, en Barquisimeto…
su madre caminaba.

No caminaba por rutina. Caminaba porque el pecho no le cabía en el cuerpo. Porque hay presentimientos que no se piensan… se padecen. Temores que solo una madre puede sentir en la distancia.
Caminaba de un lado a otro, con la certeza inexplicable de que algo estaba ocurriendo… o ya había ocurrido.

Y se atrevió.

Marcó el número.

El teléfono sonó allá… en medio de la música…
pero no fue escuchado.

Paralelamente, en la ciudad donde todo lo que ocurre se queda, a 4,800 kilómetros de distancia y con tres horas de destiempo, Antonio levantaba un vaso de whisky mientras el humo de su tabaco dibujaba círculos lentos, como si el tiempo se negara a avanzar.

Allá eran las 8:50 de la noche…
y acá las 11:50.

Mientras tanto…
la hermana de Antonio actuando como lambona, como paloma mensajera del dinero miraba sistemáticamente hacia la caja registradora, donde los billetes se acumulaban como si también respiraran…
y ocasionalmente levantaba la vista hacia los techos, que comenzaban a ceder ante sus ojos, como si el lugar intentara advertir lo que ella no quería escuchar.

Le marcaba a Antonio.

El teléfono sonó.
Y sonó.
Y volvió a sonar.

—Carajo… ¿pero no te dije que no me estén molestando? —le gritó Antonio.

—Tenemos que hablar… esto no es normal le dijo Mariabela. Está cayendo polvo… agua… escombros. La gente lo está notando.

La música seguía.

Siempre la música sigue… hasta que deja de hacerlo.

Las mesas temblaban…
no se sabía si por el sonido…
o porque las cosas cobran vida cuando se anticipan al temor de la tragedia.

Un joven trabajador —de estatura media, cabello castaño corto, rostro alargado— escuchaba a medias. Pero hay cosas que no necesitan entenderse completas para dar miedo.

Mariabela insistía por el teléfono:

—Tenemos que hacer algo…

—Dime cuánto se ha vendido, cuánta gente entró —respondió Antonio—. Eso es lo importante.

—Dotel, Estrella y los Grullón están aquí… esto no está bien…

—Deja eso, coño. Ya te dije. Eso se ve después.
Lo importante ahora es el dinero… y que todo siga marchando.

Pero nada seguía marchando.
Un barman —que nunca en su vida había bebido— se sirvió un whisky doble…
y se lo tomó de un solo sorbo.

Como si la vida le hablara.
Como si lo evidente que estaba por venir le advirtiera sin palabras.

En la distancia, Mariabela, fúrica, lo observó…
y anotó en un pequeño papel, con un bolígrafo barato que siempre cargaba consigo para ahorrarle veinte pesos dominicanos a Antonio y mantenerse congraciada con él:

“Cobrarle un whisky doble a Luis el barman.”

Luis, el barman, sobrevivió.

Y hoy le cuenta a su esposa que Mariabela lo ha llamado al menos treinta veces, cobrándole mil setecientos pesos que debe desde la noche del 7 de abril de 2025.
Cuando Luis le reclama sus prestaciones…
ella le responde:
—No debemos mezclar una cosa con la otra.

La noche continuaba incesante, y la voz del tenor del merengue dominicano era tan fuerte, aguda, bella, excelsa…
que podía mirarse, olerse…
y tocaba la piel.
Las paredes comenzaron a crujir.
No como madera vieja…
sino como si los clavos quisieran huir de ellas, arrancados por imanes invisibles.

Se escuchaban ruidos…
no del edificio…
sino de algo que pedía salir.

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