21 de Mayo: Día de la Dignidad del Poder Judicial

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Muchos años después, frente al pelotón invisible de las sentencias tardías y los expedientes empolvados, el doctor Luis Henry Molina habría de recordar aquella tarde remota en que creyó descubrir el hielo dentro de los pasillos interminables de Macondo Judicial, con el rajo de cochino colgando todavía sobre la mesa de los viejos pactos, ese mismo rajo salado y maldito que, según los gitanos, terminaría pudriendo nuestra historia en apenas siete años de soledad institucional.

Porque el Macondo Judicial estaba más vivo que nunca.

Los ventiladores cansados seguían moviendo el aire espeso de los tribunales como si removieran recuerdos antiguos; los secretarios caminaban cargando expedientes del tamaño de biblias; y las togas negras, con sus borlas y ribetes avergonzados, todavía respiraban debajo del polvo, debajo del cansancio y debajo de aquella tristeza lenta que había caído sobre el Palacio de Justicia como una llovizna eterna.

Melquíades lo había escrito en sus pergaminos mucho antes de que ocurriera:

“Los pueblos no mueren cuando les quitan la esperanza, sino cuando se acostumbran a obedecer al miedo”.

Y durante años, Macondo Judicial obedeció.

Obedeció las estadísticas maquilladas.
Obedeció los discursos llenos de palabras vacías.
Obedeció el silencio obligatorio de los ascensos.
Obedeció la costumbre de bajar la cabeza mientras el mérito era encerrado en un cuarto oscuro con olor a humedad y café viejo.

Úrsula, que ya estaba ciega de tanto ver injusticias, recorría los corredores diciendo que los tiranos modernos no necesitaban fusiles ni caballos blancos; les bastaba un reglamento mal interpretado, un acta ceremoniosa y una corte dispuesta a convertir la Constitución en un animal domesticado.

Amaranta la Bella seguía atravesando los pasillos con aquella dignidad imposible de los jueces jóvenes que todavía creen en la justicia, mientras las mariposas amarillas de terciopelo comenzaban a cubrir el suelo del Palacio como si anunciaran un funeral. Pero no era un funeral.

Era un renacimiento.

Porque las togas negras, que parecían tendidas y moribundas sobre el suelo húmedo de Macondo, comenzaron a levantarse una por una. Primero en los pasillos. Luego en las cafeterías. Después en los grupos secretos de WhatsApp donde los jueces escribían de madrugada como conspiradores cansados de sobrevivir.

Y entonces llegó el 21 de mayo de 2026.

Ese día, el Macondo Judicial despertó.

Los ascensores parecían respirar.
Las escalinatas temblaban bajo el peso de la dignidad recuperada.
Los alguaciles miraban en silencio.
Los expedientes dormidos parecían abrir apenas los ojos.
Y hasta los retratos viejos de magistrados muertos parecían observar desde las paredes con una mezcla de miedo y esperanza.

Fue el día en que las togas avergonzadas dejaron de avergonzarse.

El día en que los hombres y mujeres del Poder Judicial entendieron que no estaban derrotados, sino apenas adormecidos por años de soledad administrativa, de promesas incumplidas y de ceremonias vacías.

Y mientras afuera caía una lluvia tibia sobre las calles de Macondo, alguien gritó desde el fondo del Palacio:

—¡Fuera el tirano!

Y el eco atravesó los archivos, las oficinas climatizadas, los despachos alfombrados y los salones solemnes donde durante años se había confundido autoridad con miedo.

Entonces las mariposas amarillas levantaron vuelo.

Aureliano Buendía, sentado frente a sus pescaditos de oro, sonrió por primera vez en décadas.

Úrsula dejó caer el bastón.

Y Melquíades escribió la última línea de sus pergaminos:

“Porque las instituciones condenadas a cien años de soledad tienen también derecho a una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Y esa segunda oportunidad ha llegado con el paro de todo el Poder Judicial para decirle al tirano: no nos vencerás. Para decirle al pueblo dominicano, a sus hijos, a sus nietos y a las generaciones que todavía no han nacido: aquí estamos para ustedes. No habrá niños con rabo de cochino en nuestro sistema judicial ni destinos marcados por la deformidad del miedo y la obediencia. En cambio, vendrá el alba de un sistema nuevo, brillante e independiente, donde la primacía de la Constitución no sea un discurso vacío sino una realidad viva; donde el juez natural, el juicio previo, la imparcialidad, la independencia, la legalidad del proceso, la participación de la ciudadanía y el amor por el trabajo digno vuelvan a sentarse en el centro del Palacio como antiguos patriarcas reconciliados con la historia. Y esa dignificación llegará quiera o no quiera Luis Henry Molina, quieran o no quieran sus lambones, porque hasta en los pueblos condenados por décadas al olvido llega un día en que las togas negras dejan de arrastrarse sobre el polvo y vuelven a levantarse, florecientes, bajo el sol inmenso de Macondo.

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