Por Magistrado Miguel Encarnación de la Rosa
Muchos años después, frente al pelotón de expedientes acumulados, el magistrado José Pérez habría de recordar aquella tarde remota en que su mentor lo llevó a conocer la Constitución Política de la República Dominicana.
Entonces el Poder Judicial parecía una promesa de modernidad. Desde la torre de cristal levantada en el Centro de los Héroes, el caballero de los molinos anunciaba una justicia digital, impecable, veloz, transparente, casi celestial. En sus salones nunca faltaba electricidad. Los baños brillaban como porcelana recién estrenada. El internet jamás caía. Los asistentes caminaban en silencio llevando café, papeles y estadísticas cuidadosamente maquilladas para alimentar la narrativa de un reino judicial perfecto.
Allá arriba, en la fortaleza de vidrio, la mora judicial era una leyenda derrotada. Los informes hablaban de eficiencia. Las conferencias internacionales aplaudían la transformación digital.
Delegaciones extranjeras recorrían alfombras limpias mientras las cámaras capturaban sonrisas, apretones de manos y discursos grandilocuentes sobre transparencia y modernización.
Pero abajo, lejos de la torre y lejos de los molinos dorados, comenzaba Macondo.
Un Macondo polvoriento, húmedo, agotado.
Allí los jueces cargaban expedientes hacia sus casas como quien transporta piedras para construir su propia condena. Suspendían vacaciones, trabajaban noches enteras, corregían sentencias mientras sus hijos dormían. Algunos debían recorrer cientos de kilómetros para llegar a tribunales abandonados por el Estado. Otros administraban al mismo tiempo asuntos civiles, penales, comerciales, constitucionales y administrativos, como médicos rurales intentando salvar pacientes en medio de una guerra.
En Macondo no había asistentes de lujo ni oficinas climatizadas donde se discutiera el futuro de la justicia entre vinos y canapés. Pero peor, en algunos casos ni siquiera había un baño o letrina.
Había filtraciones en los techos.
Había impresoras dañadas.
Había internet ocasional.
Había secretarias agotadas haciendo el trabajo de tres personas.
Había jueces con salarios deprimidos, insuficientes para vivir con dignidad y que no se correspondían con la magnitud de la responsabilidad que cargaban sobre los hombros.
Y aun así, aquellos hombres y mujeres seguían levantándose cada mañana para ejercer la función jurisdiccional con fe casi religiosa en la Constitución, guiados por un Aureliano Buendía inexistente, que no vivía en persona alguna, sino en los valores, en los principios, en la esencia noble de quienes todavía creían que juzgar era servir a la paz social y no a las estadísticas.
En los tribunales de Macondo todavía sobrevivía la idea del juez natural.
- Todavía sobrevivía el juicio previo.
- Todavía sobrevivía la supremacía de la Constitución.
- Todavía sobrevivía la independencia judicial.
- Todavía sobrevivía la imparcialidad frente al poder.
- La legalidad del proceso no era un mito o leyenda, era un hecho.
Y precisamente por eso comenzaban a cansarse.
Mientras tanto, desde la torre de cristal, El Molino continuaba cabalgando entre reglamentos administrativos que lentamente desbordaban las fronteras de la administración para penetrar territorios reservados exclusivamente a la jurisdicción. Cuando uno fracasaba, surgía otro. Cuando un límite constitucional aparecía, era rodeado por una nueva resolución. Como Don Quijote enfrentando enemigos imaginarios, la burocracia judicial inventaba gigantes donde apenas había advertencias constitucionales.
Hasta un bandido de nombre 011-2025-CNM despojó de beneficios a los jueces macondinos más calificados.
Pero el reino de los molinos necesitaba sostener su ficción.
Y para sostenerla, El Molino necesitaba operadores, voceros y lacayos capaces de distorsionar la verdad de lo que realmente ocurría en Macondo. Había que repetir en entrevistas, informes y discursos que el problema no era estructural. Había que convencer al país de que todo se reducía a dinero. A salarios. A una simple reclamación económica.
Había que ocultar el agotamiento.
Había que esconder la mora.
Había que maquillar el colapso.
Había que negar el deterioro humano del sistema.
En el Macondo judicial tampoco existía reposición suficiente de las plazas vacías dejadas por quienes habían fallecido en el ejercicio de sus funciones o por aquellos a quienes la falta de reconocimiento y dignidad había obligado a abandonar la toga para buscar mejor suerte lejos de los tribunales.
Porque los macondianos no luchaban únicamente por dinero.
Luchaban por dignidad.
Sin embargo, lejos de los salones iluminados y de los grandes festines institucionales, una pequeña bola de nieve comenzaba a recorrer silenciosamente los caminos polvorientos del Poder Judicial.
Y mientras más descendía desde las montañas de Macondo, más crecía.
Sumaba jueces.
Sumaba secretarias.
Sumaba ministeriales.
Sumaba empleados cansados.
Sumaba voluntades.
Sumaba dignidad.
Marchando rumbo al 21 de mayo de 2026 sin miedo, sembrando la semilla que se cosechará en el futuro.
Y en medio del polvo de Macondo, cuando el miedo comenzaba a recorrer los pasillos agrietados de los tribunales y la incertidumbre se sentaba junto a los expedientes acumulados, parecían levantarse simbólicamente Aureliano, Úrsula y Remedios la Bella, no como personajes, sino como la conciencia moral de quienes todavía creen en la justicia.
Y le decían al pueblo que clama, al ciudadano que espera una sentencia, a la madre que pide protección, al anciano olvidado, al trabajador explotado, al hombre sin fortuna y al que no tiene siquiera sandalias:
“No tengan miedo.
Pase lo que pase, estaremos allí.
Estaremos allí para garantizar que la Constitución no se convierta en papel muerto.
Estaremos allí para defender el juicio previo.
Estaremos allí para preservar la independencia judicial.
Estaremos allí para impedir que el poder aplaste al más débil.
Y aunque el cansancio nos doblegue, aunque los expedientes nos persigan hasta la madrugada, aunque el abandono pretenda consumir los tribunales de Macondo, dejaremos la piel y hasta el último aliento para que la justicia alcance a todos por igual.
Desde el más poderoso y acaudalado, hasta aquel que no tenga siquiera sandalias.”
Porque en Macondo todavía sobrevivía algo que la torre de cristal había olvidado: que la justicia no existe para servirle al poder, sino para proteger al ser humano.
Porque abajo, donde todavía existía el polvo, donde todavía existía el cansancio y donde todavía existía el sacrificio silencioso, los jueces comenzaban a comprender que el problema jamás había sido únicamente monetario.
El problema era moral.
Institucional.
Humano.
Constitucional.
Y aun así, en cada acto público, en cada ceremonia, en cada fotografía oficial, se repetía la misma ficción: todo estaba bien.
La justicia dominicana avanzaba.
La mora disminuía.
La virtualidad funcionaba.
Los jueces estaban satisfechos.
Pero en Macondo, los jueces comenzaban a cansarse y Úrsula Iguarán con Mauricio Babilonia observaban escondidos detrás de la diosa Temis griega de la ley divina, el orden y la justicia.
Y cuando los jueces se cansan, comienza a temblar silenciosamente la última columna del Estado.
El problema no era que Macondo estuviera abandonado.
El verdadero problema era que desde la torre de cristal ya nadie podía ver el polvo.
Porque cuando la justicia empieza a vivir de estadísticas y no de seres humanos, los molinos terminan devorando al reino.
Toda burocracia termina creyendo su propia propaganda.
Y toda propaganda termina estrellándose contra la realidad.
