Cuando la Ballena Despierta

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Por Dr. Alexis Vargas

Ayer conversaba con el mejor procesalista penal de la República Dominicana, Rafael Bolívar Lugo, un hombre con agudeza incalculable y de lectura infinita, conversábamos sobre las guerras que estremecen al mundo. Hablábamos de Ucrania y Rusia. Hablábamos también de Irán, Israel y Estados Unidos. Y mientras avanzaba la conversación, una idea comenzó a tomar forma en mi mente.

Vivimos una época en la que David parece estar derrotando a Goliat.

Ucrania ha logrado golpes que hace apenas unos años parecían imposibles. Irán, por su parte, ha demostrado capacidad para desafiar a Israel y complicar los planes de Washington en una región que durante décadas estuvo bajo la influencia estratégica estadounidense.

Pero la historia enseña que existe una diferencia enorme entre herir a un gigante y destruirlo.

La economía mundial ya siente los efectos de esa tensión. Basta imaginar un cierre prolongado del Estrecho de Ormuz para comprender la magnitud del problema. Millones de barriles de petróleo y enormes volúmenes de gas natural dejarían de circular. Kuwait, Bahréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Irak y el propio Irán quedarían atrapados en una tormenta económica y logística de consecuencias imprevisibles.

Mientras tanto, Washington consume miles de millones de dólares en misiles, sistemas Patriot, despliegues navales y operaciones militares. Irán responde con una lógica diferente: armas más baratas, desgaste progresivo y una estrategia basada en obligar a su adversario a gastar más de lo que quisiera.

Sobre el papel, el pequeño parece estar obteniendo victorias.

Y ahí aparece el peligro.

La historia de Al Capone sirve como advertencia. Durante años pareció invencible. Desafió autoridades, acumuló poder y construyó una reputación de hombre intocable. Muchos llegaron a creer que el FBI había perdido la batalla.

Pero el FBI seguía siendo el FBI.

Poseía recursos, tiempo, estructura y una capacidad de respuesta infinitamente superior.

Algo parecido ocurre cuando observamos los conflictos actuales.

Rusia puede sufrir reveses militares. Estados Unidos puede cometer errores estratégicos. Israel puede enfrentar dificultades operativas. Pero nadie debería olvidar que continúan siendo potencias con capacidades militares capaces de alterar el destino de regiones enteras.

El problema de la arrogancia es que suele confundir una ventaja táctica con una victoria definitiva.

Un oso herido sigue siendo un oso.

Una orca acorralada sigue siendo una orca.

Y una potencia humillada sigue siendo una potencia.

La historia demuestra que las grandes naciones rara vez aceptan la derrota como la aceptaría un actor menor. Cuando sienten amenazada su existencia, sus intereses vitales o su prestigio estratégico, suelen recurrir a capacidades que hasta ese momento habían mantenido guardadas.

Por eso el mundo debería observar estos conflictos con menos entusiasmo y más prudencia.

Porque la verdadera pregunta no es quién va ganando hoy.

La verdadera pregunta es qué ocurrirá el día en que alguno de esos gigantes decida utilizar toda la fuerza que aún conserva.

Y ese día, quizá descubramos que la ballena nunca estuvo derrotada.

Solo estaba tomando aire antes de sumergirse.

La paz mundial depende de que nadie olvide una lección elemental de la historia: humillar a una gran potencia puede producir aplausos momentáneos; empujarla a reaccionar puede producir tragedias que duren generaciones.

Porque Al Capone era poderoso.

Pero el FBI seguía siendo el FBI.

Y porque David puede derribar a Goliat.

Pero en la vida real, cuando Goliat cae, a veces cae sobre todos.

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