Eugenio Cedeño llegó al plató de Una Nueva Mañana con el aire grave y bíblico de un profeta que decide, de pronto, colgar las escrituras de la política activa para ponerse el sombrero de paja y ver pasar la vida.
Traía en la boca una cita de Moisés —el Salmo 90, aunque en la mesa jugaran al despiste con los números— para justificar lo inevitable: a los 67 años, la carne se cansa de la tarima, de los afiches con su foto rancia pegados en las esquinas y de ese tigueraje electoral que en 2016 le soltó en la cara aquello de «tú eres muy bueno, pero yo voto por mi tigre». Amargura fina de veterano que ha visto cómo la masa prefiere al pillo que al justo, y que ahora prefiere retirarse al rincón de los nietos antes que regalarle al Estado los veinte años de vida que calcula que le quedan de ñapa.
Pero el retiro de Cedeño no es una rendición, es un ajuste de cuentas con la prisa. En la mesa, ante la mirada de un periodismo que lo quería ver encajonado en el Código Penal, Cedeño sacó la lupa y destripó el texto recién promulgado: que si dos gasapos gramaticales en un solo artículo, que si las prisas plebeyas de la cámara, que si las cosas mal hechas por delegar el trabajo de veintiocho en tres. Un ajustado repaso de cirujano que dejó el código de la nación al descubierto, oliendo aún a tinta precipitada.
Tampoco se guardó las ganas cuando la conversación derivó a las tripas de su propio partido, el PRM. Sin pelos en la lengua, despachó la llamada «democracia interna» como una fábula de conveniencias y bautizó como pachecada el movimiento estratégico de Alfredo Pacheco al bendecir al joven Juan Garrigó. Fina ironía para retratar la vieja maña de los políticos veteranos, que saben por dónde sopla el viento del poder y se suben al bote antes de que los deje la marea.
Al final, este diputado de veinte años de arrugas congresuales se despidió avisando dónde pondrá sus últimas fichas: en David Collado, ese candidato «con capa mágica» al que —según él— todo se le resbala. Cedeño se marcha del mostrador de las candidaturas, sí, pero deja la lección de quien sabe que para seguir en la política a cierta edad, es mejor ser el titiritero maduro que el muñeco que anda mendigando un voto por las calles.
