Por Dr. Alexis Vargas Ph.D.
Si Santiago Matías, Alofoke, supiera el infierno que puede significar abandonar el terreno donde construyó su poder para entrar seriamente en la lucha por la Presidencia de la República, probablemente le habría dado banda a ese disparate desde hace rato. Una cosa es dominar un micrófono, las redes sociales y una industria del entretenimiento; otra muy distinta es desafiar a un sistema político, económico y social que lleva décadas aprendiendo cómo defenderse. El poder tolera al espectáculo mientras sea espectáculo; cuando el espectáculo amenaza con convertirse en poder, comienzan a cambiar las reglas del juego.
La República Dominicana no ha vivido aislada de la experiencia latinoamericana. Las élites políticas, empresariales y sociales observaron el ascenso de Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales, los Kirchner y Ollanta Humala, entre otros fenómenos que alteraron profundamente los sistemas tradicionales de poder. Aquellas experiencias fueron distintas entre sí y no deben confundirse, pero dejaron una enseñanza común: ningún establishment contempla tranquilamente cómo alguien ajeno a sus estructuras amenaza con ocupar el centro del Estado. Y mucho menos cuando entiende que ese aspirante representa una ruptura no solamente política, sino cultural, institucional y hasta estética con la idea tradicional de la Presidencia.
Por eso, el peor escenario para Alofoke no sería que hoy se burlen de sus aspiraciones. Sería exactamente lo contrario: que lo dejen correr. Que invierta su dinero, que aparezcan empresarios dispuestos a financiarlo, que organice estructuras, que convierta seguidores en militantes y que una franja importante del electorado, 8%, 10% o 12%, comience a verlo como una alternativa real. Mientras Alofoke sea ruido, será tolerable; el problema comenzará el día en que el ruido aparezca en una encuesta convertido en votos. Ahí dejaría de ser una extravagancia electoral para convertirse, a los ojos de sus adversarios, en un riesgo político.
Y entonces comenzaría el verdadero infierno. Cada empresa, declaración fiscal, relación comercial, contrato, patrimonio y financista quedaría sometido al más despiadado escrutinio público. La DGII tendría razones legales para revisar lo que corresponda; el Ministerio Público actuaría si aparecieran hechos que justificaran una investigación, y los adversarios políticos y mediáticos explotarían cada irregularidad, contradicción o exceso. No afirmo que el Estado vaya necesariamente a perseguirlo ilegalmente «aunque la experiencia me dice que para esta PGR una acusación que requiere pruebas, sólo muchas cajas repletas de cualquier cosa y cámaras de TV»; afirmo algo mucho más sencillo: quien pretende disputar la Presidencia debe estar preparado para que hasta la última gaveta de su vida sea abierta ante la opinión pública. Quien quiera ver a Alofoke durante esa etapa quizá tenga más probabilidades de encontrarlo entrando y saliendo de oficinas públicas como la DGII, tribunales y despachos de abogados que celebrando mítines.
Pero existe un problema adicional: Santiago Matías tendría que convencer al país de que el personaje que construyó para triunfar en los medios puede transformarse en un presidente. La expresión desafiante que lo hizo famoso; ese imaginario de «yo soy de la 42 de Capotillo, tengo cuaLto, quítense to’, mamagüevazo»; puede funcionar como símbolo de irreverencia en determinadas audiencias; en una elección presidencial, sin embargo, cada palabra se convierte en material político. Porque la popularidad puede fabricar un candidato, pero no necesariamente fabrica un estadista. Y una campaña presidencial terminaría colocando frente a frente al empresario Santiago Matías y al personaje Alofoke hasta obligarlo a decidir cuál de los dos pretende gobernar.
Hay, además, una diferencia fundamental con algunos de los outsiders y movimientos disruptivos latinoamericanos que suelen utilizarse como referencia. Chávez, Correa, Morales, los Kirchner y Humala llegaron acompañados, en contextos diferentes, por poderosas reivindicaciones políticas, sociales, económicas, territoriales o étnicas: tierra, educación, salud, electricidad, agua potable, soberanía sobre recursos naturales y redistribución del poder. Detrás también existieron empresarios, organizaciones y grupos interesados en construir nuevos espacios económicos y comunicacionales. Alofoke tendría que explicar cuál es la transformación histórica que propone. Un proyecto presidencial no puede reducirse al imperio del bacaneo, al lenguaje soez, al entretenimiento ni a trasladar la lógica de un reality show al Palacio Nacional. Gobernar no es producir contenido: es administrar un Estado.
Y ahí aparecerá la resistencia más poderosa. No necesariamente porque exista una conspiración escrita en alguna habitación, sino porque millones de dominicanos —incluidos muchos que consumen y disfrutan el contenido de Alofoke— pueden considerar incompatible una cosa con la otra. Se puede reconocer que Santiago Matías construyó desde abajo un extraordinario fenómeno empresarial y comunicacional y, simultáneamente, concluir que eso no constituye una credencial suficiente para dirigir la República. El Palacio Nacional no es el premio mayor de un concurso de popularidad. Representa continuidad institucional, relaciones internacionales, Fuerzas Armadas, economía, justicia, educación, seguridad, salud y la conducción de un Estado de más de once millones de habitantes.
Tal vez esta aventura termine siendo el proyecto más ambicioso del muchacho que salió de Capotillo. También puede convertirse en el planchón de nalgas más grande de su vida política. Mi impresión es que hacia junio o julio de 2027 sabremos si Alofoke era realmente un fenómeno electoral o simplemente otro gigantesco fenómeno mediático confundido con uno político. Si sus números amenazan con convertirse en poder, conocerá una República Dominicana muy diferente a la que conoce desde una cabina. Porque al poder se puede llegar con votos, pero antes hay que sobrevivir al camino que conduce hasta ellos. Y si Alofoke supiera desde ahora lo que ese camino puede reservarle, quizás descubriría que llegar al Palacio Nacional es infinitamente más difícil que conquistar millones de vistas.
