El reino que se hizo rico mientras Sancho seguía con hambre

Altanto.com.do

Por: Dr. Alexis Vargas Ph.D

Una alegoría económica inspirada en Don Quijote de la Mancha

No todas las batallas se libran con espadas.

Las más difíciles se libran con decisiones.

Y no todos los dragones tienen dientes.

Algunos se llaman inflación, deuda, guerras, aranceles o crisis internacionales.

Esta no es la historia de un hombre.

Es la historia de un reino.

Y de dos maneras completamente distintas de contemplar la misma realidad.

Al concluir el año 2019, aquel pequeño reino del Caribe producía cerca de US$76,000 millones en bienes y servicios. Su economía avanzaba con estabilidad, pero el Estado soportaba una pesada deuda pública cuyo costo promedio rondaba el 6.78 % anual. Cada año miles de millones abandonaban el tesoro simplemente para pagar intereses.

Entonces cambió el gobierno.

Y apareció un caballero.

No montaba el viejo Rocinante.

Cabalgaba un caballo blanco, moderno y vigoroso, llamado Crecimiento Económico.

Su armadura estaba hecha de inversión extranjera, turismo, zonas francas, estabilidad monetaria y disciplina fiscal.

Su espada llevaba grabada una sola palabra:

Desarrollo.

A su lado caminaba Sancho Panza.

Pero esta vez Sancho no era un hombre.

Sancho era el pueblo dominicano.

Era el agricultor, el maestro, la enfermera, el comerciante, el motoconchista, el empresario, el empleado, el desempleado y el pensionado.

Todos caminaban junto al caballero.

Pero ninguno veía el mismo paisaje.

No habían avanzado demasiado cuando apareció el primer dragón.

Era invisible.

No rugía.

No tenía alas.

Pero logró detener aviones, cerrar hoteles, vaciar aeropuertos, paralizar fábricas y encerrar al planeta entero.

Se llamaba COVID-19.

Don Quijote levantó la lanza.

—Debemos combatirlo.

Sancho sonrió.

—Señor, no veo ningún dragón. Solo veo un molino.

Don Quijote respondió serenamente:

—Si este monstruo vence, desaparecerán los turistas, caerán los empleos, disminuirán las inversiones y el reino entero sufrirá.

Sancho siguió caminando.

Él solo sabía que al día siguiente debía comprar comida.

Cuando la pandemia comenzaba a retirarse apareció un segundo dragón.

Esta vez venía desde Europa.

La guerra entre Rusia y Ucrania incendió los mercados internacionales.

Subieron el petróleo.

El gas.

El trigo.

El maíz.

La soya.

Los fertilizantes.

Y con ellos comenzaron a subir los costos de producir alimentos en buena parte del planeta.

Sancho volvió a negar con la cabeza.

—¿Qué puede importar una guerra tan lejana?

Don Quijote respondió:

—Porque el trigo que falta allá termina encareciendo el pan aquí. Porque cuando aumentan los fertilizantes, producir alimentos cuesta más. Porque cuando el petróleo sube, todo el transporte se hace más caro. Y cuando el transporte aumenta, aumenta el precio de casi todo.

Sancho seguía viendo molinos.

Apenas terminaba aquella batalla cuando surgió otro dragón.

Se llamaba Venezuela.

No era una sola cabeza.

Era una hidra.

La crisis política.

Las sanciones.

La incertidumbre regional.

La ruptura de relaciones diplomáticas.

La inestabilidad energética.

La pérdida de mercados.

Todo formaba parte del mismo monstruo.

Sancho volvió a sonreír.

—Señor, Venezuela queda lejos.

Don Quijote respondió:

—Las crisis de los vecinos nunca están tan lejos como parecen.

Más adelante apareció otro enemigo.

El mar comenzó a cubrirse de enormes mantos verdes.

Era el sargazo.

Sancho volvió a reír.

—Solo son algas.

Don Quijote respondió:

—No, Sancho. Detrás de esas algas vienen playas vacías. Detrás de las playas vacías vienen hoteles con menos huéspedes. Detrás de esos hoteles vienen menos empleos, menos divisas y menos crecimiento.

Todavía no terminaba aquella lucha cuando aparecieron dos gigantes más.

Uno guardaba la entrada del Golfo Pérsico.

El otro vigilaba la puerta del Mar Rojo.

Ormuz.

Bab el-Mandeb.

Sancho confesó que ni siquiera sabía pronunciar aquellos nombres.

Don Quijote sonrió.

—No hace falta pronunciarlos para sufrir sus consecuencias. Si se interrumpe el paso del petróleo, aumentan los combustibles; si aumenta el combustible, aumenta el transporte; si aumenta el transporte, aumentan los alimentos; y cuando aumentan los alimentos, el primero que protesta eres tú.

Sancho volvió a guardar silencio.

Entonces llegó otro dragón.

Los aranceles de Donald Trump.

El comercio internacional comenzó a cambiar.

Las cadenas de suministro volvieron a estremecerse

Las inversiones comenzaron a esperar.

Los mercados reaccionaron.

Sancho preguntó:

—¿Y qué tiene que ver eso con nosotros?

Don Quijote respondió:

—Porque los países pequeños no deciden las reglas del comercio mundial. Solo aprenden a sobrevivir dentro de ellas.

Mientras todos observaban aquellos dragones, algo extraordinario ocurría dentro del reino.

El turismo comenzó a romper todos los récords.

Los visitantes crecían hasta acercarse a los 11.8 millones.

Las zonas francas exportaban más.

La inversión extranjera continuaba llegando.

Las reservas internacionales alcanzaban niveles históricos.

La Dirección General de Aduanas recaudaba en pocos meses lo que años atrás necesitaba un año entero para recaudar.

La Dirección General de Impuestos Internos prácticamente duplicaba su capacidad de ingresos respecto a los niveles de 2019.

El producto interno bruto continuaba creciendo.

La deuda seguía aumentando en términos absolutos, pero el costo promedio para financiarla descendía desde alrededor del 6.78 % hasta aproximadamente 4.43 %, un cambio enorme para cualquier economista, porque significaba pagar mucho menos por cada peso prestado y liberar recursos para nuevas inversiones públicas.

Los cronistas del reino celebraban aquellas cifras.

Pero Sancho seguía llegando al supermercado.

Y allí los números eran otros.

Él no compraba pan con el crecimiento del PIB.

No pagaba la luz con la inversión extranjera.

No llenaba el tanque del automóvil con las reservas internacionales.

No alimentaba a sus hijos con las calificaciones de riesgo.

Por eso seguía preguntando:

—Si el reino es cada vez más rico, ¿por qué yo no me siento más rico?

Don Quijote dejó caer lentamente la lanza.

Miró el horizonte.

Y respondió:

—Porque hacer crecer una nación requiere vencer gigantes que muchos jamás alcanzan a ver. Pero lograr que ese crecimiento llegue al bolsillo de cada ciudadano es una batalla todavía más difícil.

Sancho permaneció en silencio.

Por primera vez comenzó a mirar aquellos molinos con cierta desconfianza.

Quizá no todos fueran molinos.

Quizá algunos sí fueran dragones.

Y Don Quijote también comprendió algo aquella tarde.

No bastaba con derrotar a los gigantes.

La victoria solo sería completa el día en que Sancho pudiera sentarse a la mesa de su casa, mirar el pan de sus hijos y decir, sin necesidad de leer una sola estadística:

—Ahora sí… la riqueza del reino también llegó hasta mí.

Tal vez esa sea la mayor enseñanza de nuestro tiempo.

Los pueblos suelen medir el éxito por lo que cabe en un bolsillo.

Los economistas lo miden por lo que cabe en una hoja de cálculo.

Los gobernantes intentan conciliar ambos mundos.

Y la historia demuestra que ninguna nación alcanza su plenitud cuando solo uno de ellos tiene razón.

Porque un Estado puede hacerse inmensamente rico.

Pero la verdadera grandeza comienza únicamente cuando esa riqueza deja de pertenecer a las estadísticas y empieza a pertenecer, también, a la esperanza cotidiana de su pueblo.

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