Autor: Nelson Valdez
Hay un temblor de aire limpio cuando las piernas de esta mujer caribeña desgarran la pista.
Nizao guarda en sus grietas la sed de tu memoria, el llanto de una madre que vio tu piel sudar, hoy no hay rey ni corona que iguale tu victoria: el poema dorado que no se ha de apagar.
No corre Marileidy sobre el tartán por mero compromiso ni por la vanidad de los oropeles; corre por una urgencia antigua, por esa sangre levantisca que no sabe de pasos a tientas ni de pausas cobardes. Marileidy Paulino no se desplaza: estalla. Es un relámpago de carne, hueso y coraje que deja atrás la gravedad, el aire pesado y la sombra estéril del resto de los mortales.
Ayer el metal amarillo no fue una medalla de adorno ni un capricho de los dioses viejos; fue la consecuencia directa del sudor bien sudado, del músculo seco y tenaz que se niega al cansancio. Hay en su carrera una poesía muscular, una geometría de viento y fuego donde cada zancada es un golpe de maza sobre el yunque del destino. Quien la ve devorar la curva y enfilar la recta final sabe que en ese pecho no habita el titubeo, sino un pulso salvaje que reclama la gloria por derecho de fe, de labranza y de estirpe.
Gana el oro la mujer de Nizao porque lleva la tierra en la planta de los pies, frotándola contra el suelo hasta sacarle chispas a la historia. Que se callen los tibios y los contadores de guarismos: ayer la velocidad tuvo nombre de mujer y la gloria, que suele ser dura de oído, no tuvo más remedio que inclinarse a escuchar el estruendo rotundo de su victoria.
