Por: Nelson Valdez
Hay una pregunta mucho más importante que quién ganará la consulta interna del Partido de la Liberación Dominicana en el próximo mes de octubre.
La pregunta de fondo es otra: ¿qué clase de presidente necesitará la República Dominicana en 2028?
Imaginemos al país como un avión que lleva años en el aire. No está cayendo; todo lo contrario: tiene motores funcionando, turismo, inversión, crecimiento, remesas, infraestructura y una economía que ha demostrado una notable capacidad de resistencia. Pero hay algo que sencillamente no aparece en el tablero de instrumentos: la confianza.
Confianza en el Estado, en la justicia, en la administración de los recursos públicos y en la idoneidad de las instituciones. Existe, además, un fenómeno aún más delicado: una franja de la sociedad ha comenzado a mirar el futuro con suspicacia.
• Unos asumen que en el Estado todo se dilapida.
• Otros temen que detrás de determinadas decisiones migratorias exista una agenda oculta.
• No pocos sospechan que se promueve la salida de dominicanos para sustituirlos demográficamente.
No corresponde dar por ciertas estas teorías sin pruebas, pero sería una imprudencia ignorar que la desconfianza existe. El presidente de 2028 tendrá que gobernar sobre ese terreno minado y recuperar un activo infinitamente más difícil de edificar que una carretera: la credibilidad.
La anatomía de dos perfiles
Frente a este escenario, es útil examinar las dos figuras que hoy convergen en la interna del PLD:
• Gonzalo Castillo: Ostenta una fortaleza innegable centrada en la capacidad de ejecución. Su paso por el Ministerio de Obras Públicas quedó marcado por una gestión operativa eficiente y un Programa de Asistencia Vial de enorme impacto. Su perfil responde a la lógica del gerente: construir, resolver, movilizar.
• Francisco Javier García: Encarna un perfil sustancialmente distinto. Su trayectoria ha estado ligada durante décadas a la política económica, la estrategia y la consolidación del sector turístico como motor de la inversión extranjera. Su fortaleza radica en la articulación entre el capital privado y el Estado.
Ahí radica la discusión central. No estamos eligiendo a quién gestiona mejor una obra pública; estamos definiendo quién posee la capacidad de concertar, negociar y reformar un Estado en crisis de credibilidad.
El reto del 2028 trasciende el cemento
El mandatario que asuma en 2028 no podrá responder a las exigencias del país únicamente con asfalto. La agenda del próximo quinquenio exige responder interrogantes complejas:
• Manejo de deuda e inversión: ¿Quién puede negociar con holgura la deuda soberana y diseñar Asociaciones Público-Privadas (APP) verdaderamente equilibradas, donde el Estado no termine asumiendo todos los riesgos?
• Institucionalidad y mérito: ¿Quién tiene la capacidad técnica para blindar la DGII y colocar a los profesionales más idóneos al frente del Estado, al margen del reparto partidario?
• Seguridad vial y educación: ¿Quién asumirá con rigor la inspección técnica vehicular o llevará la educación a estándares globales que superen los parches estadísticos del informe PISA?
• Tecnología y Soberanía: ¿Quién integrará la inteligencia artificial y la economía digital como políticas de Estado, y quién le hablará al país sobre la crisis fronteriza sin odio, sin improvisaciones y resguardando simultáneamente la soberanía y los derechos humanos?
El piloto para la tormenta
Gonzalo Castillo posee virtudes operativas que no deben desestimarse. Francisco Javier García acumula una valiosa experiencia en negociación, política y estrategia. Sin embargo, no se trata de quién simpatiza más, sino de qué requiere con urgencia la República Dominicana.
En 2028 no solo se elegirá un presidente; se le entregará el control de un avión en pleno vuelo. En esas condiciones no basta con saber acelerar: se requiere a alguien que sepa leer los instrumentos, dialogar con la torre de control, corregir las turbulencias y llevar a los pasajeros a salvo a su destino.
La consulta interna del PLD merece elevar ese debate. Sin fanatismos, sin caricaturizar a un aspirante ni mesianizar al otro.
Es momento de preguntarnos con absoluta honestidad: ¿qué tipo de liderazgo necesita el país para el mundo que viene después de 2028?
