Autor: Nelson Valdez
Asiste la República con esa paciente resignación que ha sido el rasgo trágico de su historia, a un nuevo capítulo de su perpetuo mercadeo. En los despachos donde la penumbra resguarda la prisa de los hombres de Estado, se ha consumado otra rúbrica. Se dice que se negocian tierras raras, minerales de nombre altisonante y utilidad ajena; pero en el fondo de las cosas, en esa entraña oscura donde la realidad se despoja de sus adornos retóricos, no se trata más que del conocido ritual de la entrega. La soberanía, esa abstracción que los legisladores adornan con discursos floridos cada veintisiete de febrero, vuelve a mostrarse como lo que siempre ha sido: un objeto transable, una moneda de cambio para comprar la indulgencia de los grandes imperios.
Sorprende —si es que aún cabe la sorpresa en un pueblo curtido por la desilusión— la ligereza con que se prescinde de la consulta pública. Ni los salones del Congreso ni la voz del ciudadano han sido convocados a este banquete. Se prefiere la penumbra de las cancillerías, la discreción del papel firmado a espaldas de la muchedumbre. Cabe preguntarse qué impulso mueve a la burocracia a despojarse de sus tesoros subterráneos sin exigir a cambio más que la palmadita condescendiente del poderoso. La respuesta es amarga en su sencillez: se busca la permanencia, el acomodo personal, la ilusión de contar con el favor de una potencia que, por propia naturaleza, carece de amigos y solo reconoce intereses.
En la geografía desolada de Pedernales, allí donde la tierra roja parece sangrar bajo el sol del sur, yacen esos elementos que la tecnología contemporánea codicia. Pero la experiencia enseña que del suelo patrio solo sale la riqueza para alimentar fábricas lejanas, dejando atrás la tierra arada, los ríos envenenados y la miseria de siempre. Quienes ganan en este juego son los de arriba, los mediadores de trajes impecables y las corporaciones que miden el mundo en cifras de rendimiento. El pueblo, esa masa informe que padece la historia sin escribirla, queda una vez más al margen, mirando cómo la riqueza que sus pies pisan pasa a manos de extraños sin que a su mesa llegue una sola migaja del banquete.

