Por: Dr. Alexis Vargas Ph. D.
—Decidme, señor —preguntó Sancho—: ¿cuando una mujer pone fin a una relación violenta, acaba con ello su peligro?
—¡Ay, Sancho! —respondió don Quijote—. No siempre el final del amor es el final de la violencia; a veces es precisamente entonces cuando el peligro muda de rostro, arrecia su furia y comienza la hora más temible. Por eso, lo que algunos juzgan exageración —pedir auxilio para poder marcharse— puede ser la prudencia que salve una vida.
—¿Y no están para socorrerla las autoridades, señor?
—Para eso fueron instituidas, Sancho. Mas, a mi entender, mientras muchos jueces del Poder Judicial libran la batalla de proteger a la mujer y prevenir que la amenaza se convierta en tragedia, la Procuraduría General de la República y algunas de sus dependencias han mostrado demasiadas veces una respuesta que considero insuficiente, indolente, negligente y carente del rigor investigativo que exige semejante peligro.
—Pero, señor, mucho se habla de protegerlas…
—Y ahí está el yerro, buen Sancho: la vida de una mujer no se protege con estruendo en televisión, radio y redes sociales, sino investigando a tiempo, actuando a tiempo y protegiendo a tiempo. Porque cuando el Estado llega después de la tragedia, ya no administra prevención: administra luto.
Y grabad esto en vuestra memoria, Sancho: terminar una relación puede cerrar una historia de amor, pero frente a un agresor puede abrir el capítulo de mayor peligro. La mujer que decide marcharse no necesita propaganda: necesita que el Estado llegue antes que su agresor.

