FERNANDO ABREU Y LA METAMORFOSIS DEL SUFRAGIO: EL CANDIDATO DE GOOGLE

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El plato de la televisión matutina suele servir banquetes de variada indigestión. Hay días en que la política se viste de expediente burocrático y otros, como el que presenciamos en Una Nueva Mañana, en los que la realidad se deforma en el espejo cóncavo de las vanidades doctrinales. Sentado a la mesa del programa —con la compostura de quien se cree poseedor del fuego sagrado—, Fernando Abreu, presidente del proyecto Patria Libre, acudió a las pantallas no a conversar, sino a librar una cruzada de métricas y pantallas. 

Abreu no es un político a la usanza del barro, del abrazo provinciano ni del ardor de los comités de base. Es, más bien, una criatura gestada en las probetas del flujo digital. Con la fe ciega de los iniciados, esgrimió un 2.6 % de intención de voto y apeló reiteradamente al tribunal supremo de Google Trends como si las búsquedas en internet fuesen ya padrones de militantes y los algoritmos pudieran acudir, credencial en mano, a depositar su sufragio en la urna. En su teogonía particular, las tendencias de búsqueda y el volumen de impresiones no son meros reflejos de curiosidad, sino la prueba irrefutable de una máquina perfecta capaz de convertir cada clic en un voto cautivo. 

Sin embargo, el anfiteatro periodístico no suele amedrentarse ante los espejismos de las pantallas. Frente a la soltura del advenedizo que pretendía ganar elecciones a fuerza de búsquedas en la web y gráficos interactivos, la veteranía de la mesa —encarnada en el escepticismo de Don Freddy Aguasvivas y la estocada quirúrgica del doctor Humberto Salazar por la vía telefónica— levantó un muro de contención. A Abreu se le encaró con la dureza de la realidad: se le recordó que el votante de carne y hueso no habita en las tendencias del buscador ni en la frialdad de las analíticas, y que la política de territorio suele aplastar a los oradores de salón cuando la pasión por el debate ensombrece la solidez de una propuesta realizable. 

El espectáculo alcanzó tintes de comedia trágica cuando la doctrina intentó medirse con la historia. Entre acusaciones de «mitomanía», trifulcas dialécticas sobre si la derecha nació con los jacobinos o en las páginas de John Locke, y desacuerdos encendidos sobre las credenciales ideológicas de la plaza local, el candidato expuso su recetario radical: muros infranqueables, expulsión de organismos internacionales y una frontera custodiada por zelotes del nacionalismo. 

El fenómeno de Fernando Abreu dibuja con nitidez el signo de nuestros tiempos: la tentación de confundir la tiranía de los buscadores con el pulso real de un pueblo. Queda por ver si el algoritmo que hoy tanto celebra Abreu logrará transmutarse en votos de carne y hueso cuando llegue la hora de la verdad, o si su causa terminará archivada como una búsqueda más, perdida en el infinito historial de la televisión dominicana. 

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