EL MUNDO ENCONTRÓ CÓMO FRENAR A DONALD TRUMP: DESDE LAS ENTRAÑAS DEL PODER ESTADOUNIDENSE

Altanto.com.do

El 3 de noviembre podría marcar el principio del fin de la impunidad política de un presidente que ha confundido el poder de Estados Unidos con su poder personal. Las encuestas anticipan un escenario electoral que amenaza con arrebatarle el control del Congreso y devolverle al mundo un contrapeso institucional que parecía desaparecido.

Por Dr. Alexis Vargas
29 de octubre de 2026

El hombre que confundió el poder de una nación con su propia voluntad

El mundo tardó en comprenderlo, pero finalmente parece haber encontrado una respuesta: para contener a Donald Trump, el hombre que dirige la maquinaria militar, económica y diplomática más poderosa del planeta, no bastaban las declaraciones de condena, las protestas internacionales ni las advertencias de gobiernos extranjeros. Era necesario actuar desde el interior de los Estados Unidos, desde sus propias instituciones, desde el corazón político de la potencia que le proporciona semejante capacidad de influencia.

Donald Trump ha llevado el ejercicio personalista del poder a dimensiones que, en mi criterio, pocos presidentes estadounidenses habían alcanzado durante las últimas seis décadas.

Desmedido en sus declaraciones, agresivo frente a sus adversarios, frecuentemente ofensivo con periodistas, mandatarios y representantes de otras naciones, ha convertido la intimidación política en un instrumento habitual de gobierno.

Su comportamiento no puede analizarse únicamente desde la política tradicional. Trump es también un extraordinario fenómeno de mercadeo, comunicación y manipulación de percepciones.

En ese terreno, considero que Donald Trump y Hugo Chávez representan dos de los casos más significativos de las últimas décadas: dirigentes capaces de transformar su personalidad, sus confrontaciones y hasta sus contradicciones en espectáculos mediáticos de enorme rentabilidad política.

Pero existe una diferencia fundamental: Trump dispone de una infraestructura económica, tecnológica, militar y comunicacional incomparablemente superior.

Su cercanía con propietarios de grandes plataformas digitales, conglomerados empresariales y poderosos grupos financieros plantea interrogantes sobre la independencia de esas estructuras frente al poder político.

Las relaciones entre las grandes corporaciones tecnológicas y la Casa Blanca, los contratos gubernamentales, las contribuciones políticas, el cabildeo y las decisiones regulatorias merecen un escrutinio mucho más profundo.

No porque toda relación empresarial con un gobierno constituya corrupción, sino porque ninguna democracia saludable puede permitir que los intereses privados y el poder público se confundan hasta hacerse indistinguibles.

La diplomacia de la humillación

El presidente estadounidense ha demostrado una singular disposición a convertir las relaciones internacionales en escenarios de confrontación personal.

Uno de los episodios más reveladores ocurrió con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, cuando Trump le reprochó públicamente que no tenía las cartas necesarias para negociar.

Aquella expresión no fue simplemente una descortesía diplomática. Representó, a mi juicio, una concepción de las relaciones internacionales en la que la fuerza pretende sustituir al derecho y la dependencia militar se utiliza como mecanismo de subordinación política.

Venezuela constituye otro escenario particularmente doloroso.

Las declaraciones de Trump sobre el petróleo venezolano, su tratamiento público de María Corina Machado, sus relaciones con las autoridades encabezadas por Delcy Rodríguez y su presentación de la situación venezolana como una historia de éxito estadounidense merecen una revisión crítica.

Resulta ofensivo presentar la extracción de recursos petroleros o los entendimientos entre gobiernos como pruebas suficientes del bienestar de una población.

Los venezolanos no son barriles de petróleo, estadísticas comerciales ni piezas de negociación geopolítica.

Son millones de ciudadanos que han soportado años de deterioro institucional, precariedad económica, migración forzada y deficiencias en servicios esenciales.

Las denuncias sobre apagones prolongados y recurrentes después del 3 de enero de 2026 deben ser examinadas con indicadores verificables de generación, transmisión, distribución y continuidad del servicio eléctrico. De confirmarse un deterioro adicional, ninguna declaración triunfalista de Washington podría ocultarlo.

En mi opinión, sustituir la soberanía de un pueblo por una relación de dependencia frente a una potencia extranjera no representa una liberación verdadera.

Representa, sencillamente, otra modalidad de subordinación.

Irán, el petróleo y la geopolítica del miedo

Las amenazas contra Irán constituyen otro ejemplo de una política exterior que parece alimentarse de la confrontación permanente.

El antiguo Imperio persa, hoy República Islámica de Irán, ocupa una posición estratégica en el sistema energético internacional. Cualquier amenaza creíble de conflicto en el golfo Pérsico puede provocar movimientos significativos en los precios del petróleo, los seguros marítimos, el transporte y los mercados financieros.

La cuestión fundamental no consiste únicamente en determinar si Trump amenaza o finalmente ejecuta sus amenazas.

Consiste en examinar quién gana y quién pierde cuando las palabras del presidente de Estados Unidos producen movimientos multimillonarios en los mercados.

Las operaciones financieras realizadas alrededor de decisiones militares, anuncios de sanciones y declaraciones presidenciales deberían estar sometidas a mecanismos rigurosos de transparencia.

Es indispensable investigar cualquier posible conflicto de intereses entre funcionarios públicos, familiares, donantes, contratistas militares y operadores financieros.

No afirmo que cada fluctuación petrolera constituya una manipulación deliberada. Sostengo que la magnitud del poder presidencial exige controles excepcionales para impedir que información privilegiada, decisiones de Estado o amenazas geopolíticas puedan convertirse en instrumentos de enriquecimiento particular.

Lo mismo debe aplicarse a las criptomonedas, los activos digitales y los negocios relacionados con figuras políticas.

Una democracia no puede aceptar que quienes toman decisiones capaces de alterar mercados internacionales queden fuera del alcance de la fiscalización pública.

El poder no tiene fronteras, pero la resistencia tampoco

Desde América Latina hasta Europa, Trump ha construido relaciones políticas que, a mi entender, buscan proyectar su influencia mucho más allá de las fronteras estadounidenses.

Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile, José Raúl Mulino en Panamá y Keiko Fujimori en Perú representan actores de realidades políticas distintas, pero sus posiciones frente a Washington merecen examinarse dentro de una tendencia regional de acercamiento a la derecha estadounidense.

No corresponde reducir automáticamente a esos dirigentes a simples subordinados. Sin embargo, sí resulta legítimo cuestionar cualquier relación internacional en la que la ayuda económica, el respaldo político o las amenazas comerciales se utilicen para condicionar decisiones soberanas.

En contraste, dirigentes como Pedro Sánchez en España, Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y Claudia Sheinbaum en México han expresado, en diferentes circunstancias, posiciones de autonomía frente a determinadas políticas de Washington.

Esas resistencias revelan una realidad: el poder estadounidense sigue siendo extraordinario, pero no ilimitado.

Los aranceles, las sanciones financieras, las restricciones comerciales y las presiones diplomáticas pueden causar enormes perjuicios económicos. También pueden terminar estimulando la búsqueda de alternativas monetarias, comerciales y tecnológicas al predominio estadounidense.

Paradójicamente, quien proclama querer hacer nuevamente grande a Estados Unidos podría terminar acelerando el desgaste de algunos de los instrumentos internacionales que hicieron posible su grandeza.

La hegemonía no se conserva únicamente mediante amenazas. Se sostiene, sobre todo, mediante confianza, estabilidad institucional y legitimidad.

La respuesta que Trump no esperaba

Aquí comienza el elemento central de mi análisis.

Durante meses, el debate internacional ha girado alrededor de cómo enfrentar las decisiones de Donald Trump desde el exterior.

Pero las elecciones legislativas del próximo 3 de noviembre ofrecen una respuesta mucho más concreta: modificar la correlación de fuerzas dentro del propio Congreso estadounidense.

Mi interpretación es que distintos actores internacionales comprenden cada vez mejor la importancia de los contrapesos internos de Estados Unidos.

Esto no significa que exista evidencia de una operación internacional coordinada para manipular las elecciones. Significa que el resultado electoral estadounidense tiene consecuencias directas para las economías, la seguridad y las relaciones diplomáticas del resto del planeta.

Un presidente puede amenazar, presionar y negociar. Pero un Congreso independiente tiene facultades para investigar, citar funcionarios, examinar contratos, condicionar partidas presupuestarias y bloquear determinadas iniciativas legislativas.

Y allí aparece el verdadero problema político de Trump.

La Cámara de Representantes podría pasar a manos demócratas. El Senado, que parecía mucho más difícil de conquistar, presenta ahora una serie de contiendas competitivas que amenazan posiciones republicanas incluso en estados tradicionalmente conservadores.

El escenario ya no puede analizarse como una simple protesta electoral contra un presidente impopular.

Podría convertirse en una reorganización profunda del poder institucional estadounidense.

Cinco estados, cinco señales de alarma

Los promedios de encuestas que examinamos al 29 de octubre de 2026 muestran un fenómeno significativo: en cinco contiendas senatoriales de gran importancia, los candidatos demócratas aparecen por delante de sus adversarios republicanos.

En Texas, James Talarico supera a Ken Paxton. En Michigan, Abdul El-Sayed aventaja a Mike Rogers. En Alaska, Mary Peltola mantiene una estrecha ventaja sobre Dan Sullivan. En Ohio, Sherrod Brown encabeza las preferencias frente a Jon Husted. Y en Maine, Troy Jackson aparece ligeramente por delante de Susan Collins.

No estamos hablando de estados políticamente idénticos ni de electorados con las mismas características.

Texas representa una prueba extraordinaria para el Partido Republicano por su histórica fortaleza conservadora.

Michigan constituye un campo de batalla fundamental para comprender el comportamiento del electorado industrial.

Ohio es especialmente simbólico por tratarse del estado del vicepresidente JD Vance.

Alaska ofrece una contienda compleja en la que el sistema de votación por preferencias puede resultar determinante.

Y Maine representa una amenaza directa para una senadora republicana que durante años ha construido su carrera sobre una imagen de moderación e independencia.

El conjunto de estos datos sugiere una vulnerabilidad republicana que supera ampliamente los límites de una sola región.

Texas: cuando la fortaleza republicana comienza a resquebrajarse

La ventaja de James Talarico sobre Ken Paxton es especialmente significativa.

Texas ha sido durante décadas uno de los principales bastiones electorales del conservadurismo estadounidense. Que un demócrata aparezca encabezando los promedios en una elección senatorial representa una advertencia de enorme importancia.

Las encuestas recientes muestran que Talarico puede competir e incluso superar a Paxton en un estado que Donald Trump ganó cómodamente en 2024.

Una victoria demócrata en Texas no sería simplemente la conquista de un escaño.

Sería un golpe político de enormes proporciones contra la estructura republicana nacional.

Michigan: una ventaja que comienza a consolidarse

En Michigan, Abdul El-Sayed ha logrado colocarse por delante de Mike Rogers.

La encuesta CBS News/Mitchell publicada el 28 de octubre sitúa a El-Sayed con un 51 % frente al 44 % de Rogers, una diferencia de siete puntos.

Este resultado individual es más amplio que el promedio presentado en las capturas y constituye una señal de especial importancia.

Michigan es uno de los estados donde se decide buena parte del equilibrio político estadounidense. Si la tendencia se confirma en las urnas, representaría un rechazo importante a la estrategia republicana.

Ohio: el territorio de JD Vance bajo presión

La contienda entre Sherrod Brown y Jon Husted tiene un significado político adicional.

El escaño que quedó vacante cuando JD Vance asumió la vicepresidencia se encuentra ahora sometido a una competencia intensa.

Brown, una figura con experiencia y reconocimiento en el estado, aparece por delante en los sondeos recientes.

Una derrota republicana en Ohio sería particularmente incómoda para la Casa Blanca, porque afectaría directamente el territorio político asociado con el vicepresidente.

Maine y Alaska: las pequeñas diferencias que pueden decidir el Senado

En Maine, Troy Jackson mantiene una ventaja reducida sobre Susan Collins.

En Alaska, Mary Peltola también supera estrechamente a Dan Sullivan.

En ambos casos, las diferencias son suficientemente pequeñas como para exigir prudencia.

Pero precisamente allí reside la importancia estratégica de estas contiendas: cuando el control del Senado depende de unos pocos escaños, incluso una ventaja reducida puede convertirse en un elemento decisivo.

El Partido Republicano ya no puede dar por garantizadas victorias que anteriormente parecían mucho más seguras.

Carolina del Norte: otra advertencia

La competencia entre el demócrata Roy Cooper y el republicano Michael Whatley añade presión al panorama republicano.

Los sondeos recientes muestran una ventaja considerable de Cooper.

Para cualquier organización electoral, una diferencia cercana a diez puntos en una contienda de esta importancia obliga a reconsiderar inversiones, mensajes de campaña, movilización territorial y prioridades estratégicas.

Los comités de acción política independientes, conocidos como super PAC, pueden desempeñar un papel relevante en la financiación de publicidad electoral, aunque sus gastos están sujetos a reglas distintas de las contribuciones directas a las campañas.

La redistribución de esos recursos durante la recta final puede revelar qué estados consideran más vulnerables los estrategas republicanos.

Sin embargo, para establecer que determinados candidatos fueron abandonados financieramente es necesario examinar los desembolsos y las reservas publicitarias, no solamente las encuestas.

La posibilidad de un Senado demócrata

Mi proyección política es que los demócratas tienen una oportunidad real de alcanzar una mayoría de 51 senadores frente a 49 republicanos.

No presento esa distribución como un resultado garantizado. Es el escenario que considero posible a partir de la evolución de las contiendas competitivas.

El Senado es más difícil de conquistar que la Cámara de Representantes porque sus elecciones dependen de la distribución territorial de los escaños y no de una votación nacional uniforme.

Pero cuando estados como Texas, Ohio, Alaska y Maine se convierten simultáneamente en campos de batalla, el mapa político cambia.

Y cuando a ello se agregan ventajas demócratas en Michigan y Carolina del Norte, el panorama se vuelve especialmente preocupante para el oficialismo.

En la Cámara de Representantes, las tendencias nacionales también apuntan a un ambiente favorable para los demócratas.

La combinación de ambas dinámicas podría producir un resultado de extraordinaria trascendencia: que Trump pierda el control de las dos cámaras del Congreso.

El 3 de enero: cuando el poder encuentre sus límites

Si ese escenario se materializa, el 3 de enero de 2027, fecha de inicio del nuevo Congreso, podría convertirse en uno de los momentos más importantes del segundo mandato de Donald Trump.

Una Cámara de Representantes controlada por los demócratas tendría capacidad para intensificar investigaciones, convocar audiencias, exigir documentación y examinar las actuaciones del Ejecutivo.

Los vínculos económicos entre miembros de la administración, grandes corporaciones tecnológicas, contratistas militares, operadores financieros y donantes políticos podrían quedar sometidos a un escrutinio mucho más severo.

Empresarios como Mark Zuckerberg, Jeff Bezos y Elon Musk, al igual que cualquier otro directivo empresarial con relaciones relevantes con el gobierno, podrían ser llamados a explicar contratos, decisiones y eventuales conflictos de intereses, siempre dentro de las competencias legales del Congreso.

También podrían examinarse las políticas migratorias, los procedimientos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas —ICE—, las condiciones de detención, las deportaciones y la utilización de recursos públicos.

No se trataría de sustituir la ley por una persecución política.

Se trataría de someter el poder presidencial a los mecanismos de control que establece la Constitución estadounidense.

El Senado, por su parte, tendría capacidad para rechazar nombramientos presidenciales que requieran su consentimiento, incluidos eventuales candidatos a la Corte Suprema.

No existe certeza de que se produzcan vacantes judiciales en enero o febrero, pero si ocurrieran, una mayoría demócrata modificaría radicalmente las posibilidades de Trump de obtener confirmaciones.

Una mayoría opositora tampoco podría destituir unilateralmente al presidente, eliminar cualquier institución por simple decisión política ni imponer todas sus prioridades legislativas.

Pero sí podría terminar con la sensación de ausencia de contrapesos que, en mi opinión, ha caracterizado buena parte del ejercicio presidencial de Trump.

De hacer grande a Estados Unidos a debilitar su autoridad moral

Donald Trump prometió hacer nuevamente grande a Estados Unidos.

Pero la grandeza de una nación no se mide solamente por su presupuesto militar, su capacidad de imponer sanciones o el tamaño de sus corporaciones.

Se mide también por la fortaleza de sus instituciones, el respeto a sus aliados, la credibilidad de su palabra y la capacidad de sus gobernantes para distinguir entre el interés nacional y el interés personal.

Estados Unidos ya era una gran potencia antes de Trump.

Mi crítica es que su comportamiento ha contribuido a proyectar una imagen de arrogancia, improvisación y desprecio por las normas que durante décadas ayudaron a sostener el liderazgo estadounidense.

Un país puede ser temido sin ser respetado.

Puede ser poderoso y, simultáneamente, perder autoridad moral.

Y puede tener al presidente más estridente del planeta sin que ello signifique contar con el liderazgo más inteligente.

La semana en que el mundo podría celebrar

Entre el 3 y el 10 de noviembre se conocerá con mayor claridad el alcance del veredicto electoral, aunque determinadas contiendas podrían resolverse antes y otras requerir más tiempo de escrutinio.

Considero que, si los demócratas conquistan ambas cámaras, el resultado será recibido con satisfacción no solamente por millones de estadounidenses, sino también por amplios sectores internacionales que observan con preocupación el comportamiento de la Casa Blanca.

No porque una victoria demócrata resuelva automáticamente los conflictos internacionales, ni porque todos los gobiernos extranjeros compartan las mismas preferencias políticas.

Sino porque la concentración del poder siempre resulta peligrosa, especialmente cuando ese poder está respaldado por la mayor capacidad militar y financiera del planeta.

La democracia estadounidense fue concebida precisamente para impedir que una sola persona pudiera situarse por encima de sus instituciones.

James Madison y los demás arquitectos del constitucionalismo estadounidense comprendieron que el poder debía encontrar límites dentro del propio poder.

Dos siglos después, ese principio vuelve a adquirir una importancia extraordinaria.

Donald Trump puede controlar el discurso de su movimiento, intimidar adversarios, presionar aliados y movilizar millones de seguidores.

Donald Trump puede controlar el discurso de su movimiento, intimidar adversarios, presionar aliados y movilizar millones de seguidores.

Pero no puede abolir mediante declaraciones la voluntad electoral de los ciudadanos estadounidenses.

Y si el próximo 3 de noviembre esa voluntad decide modificar el equilibrio del Congreso, deberá enfrentarse a una realidad que ningún espectáculo mediático podrá borrar.

El mundo no necesitaba encontrar un poder militar superior al de Estados Unidos para contener a Donald Trump. Necesitaba que la propia democracia estadounidense recuperara la capacidad de controlar a su presidente.

Esa es la verdadera dimensión histórica de estas elecciones.

Y esa es, también, mi apuesta política: que el 3 de noviembre no sea simplemente una derrota electoral republicana, sino el comienzo de una nueva etapa de límites institucionales frente a un ejercicio presidencial que considero profundamente peligroso para Estados Unidos y para el mundo.

Porque ningún hombre, por poderoso que sea, debe convertirse en dueño de una democracia.

Compartir este artículo