Cuando la Tierra Pronuncia el Nombre de Dios

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«Y cuando la piedra se canse de sostener al hombre, el hombre descubrirá que nunca fue la piedra la que lo sostenía, sino la mano invisible de la esperanza.»

Hay noches en que la historia no toca la puerta. La derriba.

Llevaba quince años sin volver a Venezuela. Veintiocho viviendo en República Dominicana. Sin embargo, cuando la tierra de mi país comenzó a temblar, comprendí que existen raíces que jamás abandonan el corazón.

La primera alerta llegó apenas segundos después del primer gran estremecimiento. Todavía intentaba comprender lo ocurrido cuando un segundo rugido de la tierra hizo entender que aquello no era un simple temblor. Era una página entera de la historia escribiéndose bajo los pies de millones de venezolanos.

Al principio quise creer que no sería tan grave.

Los primeros videos comenzaron a llegar a mi teléfono. Luego otro. Después diez. Después cien.

Edificios abiertos como si fueran libros viejos. Familias corriendo bajo la lluvia. Calles cubiertas de polvo. Gritos. Sirenas. Oscuridad.

Subí las primeras imágenes a mis redes sociales casi con incredulidad.

Pocos minutos después sonó el teléfono.

Era el equipo de Noticias SIN.

Alicia Ortega quería información.

Mientras el reloj apenas marcaba las diez y quince de la noche, todavía sin imaginar la magnitud de la tragedia, ofrecí mis primeras declaraciones. Hoy reconozco que incluso yo había subestimado lo que Venezuela acababa de vivir.

Las horas posteriores fueron revelando la verdadera dimensión del desastre.

San Felipe, en Yaracuy.

Puerto Cabello, en Carabobo.

Caracas.

La Guaira.

El aeropuerto internacional reducido a estructuras fracturadas.

Hoteles convertidos en montañas de concreto.

Puentes heridos.

Autopistas abiertas como cicatrices.

Escuelas.

Universidades.

Centros comerciales.

Vehículos aplastados.

Miles de millones de dólares desapareciendo bajo el peso de unos pocos segundos.

Y, por encima de todo, vidas.

Al menos cuarenta fallecidos.

Cientos de heridos.

Miles de familias sin hogar.

Pero las cifras nunca logran medir el verdadero tamaño de una tragedia.

Porque la tragedia no vive en los números.

Vive en los silencios.

Entonces apareció un video.

Un matrimonio subía doce pisos por una escalera oscura porque los ascensores ya no existían.

Entraron a su apartamento destruido.

El esposo caminaba con serenidad admirable.

—Olvídate de todo lo material —le decía a su esposa—. Busquemos únicamente los pasaportes, las carteras, algo de dinero. Lo demás volverá algún día.

Movieron una mesa atrapada bajo una pared derrumbada.

Allí estaban.

Los documentos.

Las carteras.

El pequeño dinero que aún conservaban.

Se abrazaron.

No celebraban haber recuperado unas pertenencias.

Celebraban seguir vivos.

Después caminaron lentamente entre paredes abiertas, tuberías reventadas y pisos cubiertos de agua.

El esposo observó alrededor.

—No hay olor a gas. Cortaron el suministro. Podemos permanecer unos minutos más, pero debemos salir.

Y mientras caminaban entre los escombros, comprendí una verdad que ningún terremoto puede destruir.

Las casas se derrumban.

Las ciudades pueden caer.

Pero el hogar jamás está hecho de concreto.

Está hecho de las manos que se niegan a soltarse.

Entonces recordé aquellas antiguas centurias atribuidas a Nostradamus.

No porque predijeran fechas.

Sino porque hablaban del lenguaje eterno de las desgracias humanas.

«Lloverá sobre la piedra.

El fuego visitará el cielo.

El hambre buscará asiento entre los hombres.

La sangre caminará con el polvo.

Y cuando todo parezca perdido, la fe levantará primero aquello que ninguna máquina podrá reconstruir.»

Quizá nunca escribió exactamente esas palabras.

Pero esa noche Venezuela sí las escribió.

Las escribió con concreto.

Con lágrimas.

Con polvo.

Con abrazos.

Mientras todo aquello ocurría, observaba también otro ejemplo de grandeza.

Vi a Alicia Ortega hacer lo que hacen los verdaderos periodistas.

No correr detrás del impacto.

Correr detrás de la verdad.

Cada video debía verificarse.

Cada imagen tenía que tener origen.

Cada dato necesitaba confirmación.

Cada llamada debía contrastarse.

Vi a un equipo entero moverse como un reloj perfectamente sincronizado.

Escuché instrucciones constantes.

Eliminar ruidos.

Preparar entrevistas.

Coordinar contactos.

Confirmar fuentes.

Movilizar especialistas.

Todo con la serenidad que solo poseen quienes entienden que una información incorrecta también puede causar víctimas.

Ese profesionalismo no era nuevo para mí.

Lo había visto meses atrás durante otra cobertura extraordinaria relacionada con Venezuela.

La misma disciplina.

La misma obsesión por verificar.

El mismo compromiso con la verdad antes que con el espectáculo.

Y eso merece decirse.

Porque cuando la desinformación también destruye sociedades, el periodismo serio se convierte en una forma silenciosa de rescate.

Horas después llegó otra noticia.

El presidente de la República Dominicana, Luis Abinader, sostuvo comunicación con Delcy Rodríguez.

En momentos como esos, las diferencias ideológicas dejan de ocupar el primer plano.

La diplomacia encuentra su razón más noble cuando la humanidad se coloca por encima de las posiciones políticas.

Los terremotos no preguntan por partidos.

No distinguen gobiernos.

No reconocen fronteras.

Solo recuerdan una verdad que los hombres olvidamos demasiado rápido.

Todos somos frágiles.

Quizá esa sea la verdadera profecía.

No la caída de los edificios.

No el movimiento de las placas.

Sino descubrir que el ser humano solo comprende el valor de un abrazo cuando el mundo entero parece derrumbarse.

Porque al final…

los pasaportes podrán perderse.

El dinero podrá desaparecer.

Las ciudades podrán reconstruirse.

Pero mientras una familia siga caminando tomada de la mano entre los escombros…

todavía habrá razones para creer que Dios continúa habitando entre nosotros.

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