El alba del Poder Judicial

Altanto.com.do

Por el Dr. Alexis Vargas

Cesaron las guerras. D’Artagnan llegó desde la región de Gascuña, aunque no a París ni al reino de Luis XIII. Llegó a una tierra distinta, donde las espadas permanecían enfundadas y donde el combate no se libraba por coronas, territorios ni privilegios personales, sino por algo mucho más noble: la dignidad de quienes sostienen una de las columnas esenciales de la democracia.

Karen, Keila y Katherine, electas por el voto mayoritario de sus pares, podrían recordarnos a Athos, Porthos y Aramis. Sin embargo, esta historia posee una diferencia fundamental respecto de la inmortal obra de Dumas. En esta ocasión, D’Artagnan no enfrentaba a la Guardia Armada del cardenal Richelieu, ni la disputa se desarrollaba contra la Guardia Personal del rey Luis XIII. No había enemigos que derrotar ni fortalezas que conquistar.

Por el contrario, todos los protagonistas de esta jornada, incluido el doctor Luis Henry Molina, presidente de la Suprema Corte de Justicia, avanzaban hacia una misma dirección. Unos desde una posición, otros desde otra; unos con responsabilidades administrativas, otros con funciones jurisdiccionales; pero todos remando hacia un mismo puerto: alcanzar la más amplia dignificación posible para jueces, juezas y colaboradores del Poder Judicial.

En la ficción de Dumas, la lucha es el reflejo de las intrigas políticas de la corte francesa. En la realidad dominicana, la batalla consiste en algo mucho más práctico y urgente: redirigir cada peso público hacia donde produzca mayor bienestar, mayor justicia y mejores condiciones de trabajo para quienes diariamente administran justicia en nombre de la República.

Tal vez por ello resuenan hoy, con inusitada vigencia, las palabras pronunciadas por Rómulo Betancourt al asumir la Presidencia Constitucional de Venezuela el 13 de febrero de 1959:

«Lo ornamental y lo suntuario en los gastos será radicalmente eliminado».

Porque toda institución madura comprende que antes de levantar monumentos debe fortalecer sus cimientos.

El 21 de mayo de 2026, D’Artagnan recorrió todas las cortes del país acompañado por 450 hombres y mujeres vestidos con togas y birretes negros, adornados con sus emblemáticas borlas y ribetes aberenjenados. Junto a ellos marchaban más de dos mil colaboradores judiciales.

Su reclamo era sencillo en su formulación, aunque profundo en sus implicaciones: reivindicación presupuestaria; atención a la infraestructura física; incorporación de personal para cubrir vacantes; reducción de la sobrecarga laboral; dignificación salarial para oficinistas, servidores judiciales, secretarias, servidores administrativos, jueces y juezas; y respeto a los escalafones, nombramientos y beneficios inherentes a cada nivel de responsabilidad.

No pedían privilegios.

Pedían condiciones.

No exigían ventajas.

Exigían dignidad.

Y pocas causas poseen una legitimidad tan poderosa como aquella que busca fortalecer a quienes tienen la responsabilidad de garantizar los derechos de los demás.

Nunca antes, ni siquiera en los tiempos de los Mártires de Chicago, cuyas luchas dieron origen al Primero de Mayo, se había observado la obtención de resultados tan concretos en un período tan breve.

Por ello, el llamado trío de las K —Karen, Keila y Katherine— encontró el lugar preciso en el momento preciso. Y cuando la historia produce esas coincidencias extraordinarias, rara vez se trata de casualidades. Son, por lo general, el resultado de una decisión acertada de quienes eligen y de una comprensión profunda de quienes aceptan la responsabilidad de servir.

La gran nave del Poder Judicial ha izado velas.

No navega contra nadie.

Navega a favor de todos.

Navega por la institucionalidad democrática.

Navega por el fortalecimiento del Estado de derecho.

Navega para que quienes administran justicia puedan hacerlo con mejores herramientas, mejores condiciones y mayor serenidad.

Thomas Fuller escribió en 1650, en su obra A Pisgah-Sight of Palestine, que « el momento más oscuro de la noche ocurre justo antes del amanecer».

Quizá eso fue precisamente lo que ocurrió el 21 de mayo de 2026.

Quizá contemplamos el instante final de la noche.

Quizá estamos presenciando el nacimiento de una nueva mañana para el Poder Judicial dominicano.

Y si ello es así, tendremos el privilegio histórico de afirmar que estuvimos presentes cuando comenzó a levantarse el alba.

Dios bendiga a nuestros héroes del Poder Judicial: jueces, juezas y colaboradores.

Finalmente quisiera decir que haremos una pausa en nuestra gesta, pero afortunadamente tenemos un nuevo compromiso que atender… La reivindicación presupuestaria de nuestros Procuradores, Fiscales y colaboradores de la Procuraduría General de la República!

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