POR DR. ALEXIS MEDINA
Hubo un tiempo en que los gritos eran necesarios. Cuando el polvo cubría los caminos y los molinos no eran molinos sino dragones reales, con escamas de hierro y bocas de fuego. Entonces la heroína cabalgaba con razón: denunciaba al ladrón, al torturador, al secuestrador del pan y de la esperanza. Pedía sanciones como quien pide lluvia en medio del incendio y clamaba por ejércitos extranjeros como si fueran arcángeles capaces de restaurar el orden perdido. Nadie podía decir que luchaba contra fantasmas: los calabozos existían, el hambre era palpable y el dinero se deshacía en las manos como papel mojado.
Pero la historia —esa vieja tramposa— decidió girar en seco.
Cuando el gran dragón fue apartado y quedó al mando la otra bestia, la que todos temían por igual, ocurrió lo impensable: en apenas dos semanas se abrieron las rejas, se abrieron los mercados y se abrieron también las conversaciones con los príncipes del norte. El monstruo no rugió; habló. Y al hablar, el fuego se convirtió en agua.
El dólar, que antes tenía dos rostros enfrentados con una brecha de abismo, empezó a parecerse a sí mismo. La inflación se detuvo como un caballo exhausto y luego retrocedió. La carne bajó de los altares inaccesibles al plato cotidiano; el pollo dejó de ser un lujo; las verduras volvieron a oler a mercado y no a nostalgia. Los riachuelos, antes turbios, comenzaron a verse cristalinos. Y la gente —esa que siempre decide el final— salió a la calle, llenó los teatros, los conciertos, las plazas. Cerró el puño de la política para abrir la mano de la vida.
Entonces la villana fue transformada en doncella. Delcy, dragona ayer, apareció como una Blanca Nieves improbable, no con siete enanos, sino de la mano de un príncipe del norte que, sin prometer milagros, hizo florecer la tierra con acuerdos y pragmatismo. Desde los mares y las fronteras comenzaron a regresar los hijos de Bolívar, vestidos de amarillo, azul y rojo, caminando de vuelta a su Edén: la Pequeña Venecia, esa que añoran incluso cuando la maldicen.
Y la oposición, que había tenido razón, perdió el tiempo. Siguió lanzando lanzas contra molinos que ya no giraban. Repitió la palabra dictadura cuando el eco ya no devolvía miedo. Habló de presos que habían salido, de hambre donde había abundancia, de ruina donde había brotes verdes. Su discurso, cierto en el pasado, quedó súbitamente huérfano en el presente. No fue derrotado por la censura, sino por la realidad.
La antigua heroína, incapaz de desmontar del relato, cambió el caballo por un camello y cruzó un desierto sin brújula, seguida por un puñado de fieles que no comprendieron que los pueblos no viven de consignas sino de resultados. Mientras ella soñaba con ser reina del Edén, el Edén empezaba a existir sin pedirle permiso.
Porque cuando la vida mejora, la épica se desarma. Y cuando el bienestar llega de golpe, la narrativa que no se renueva se convierte en ruido. La revolución murió un 3 de enero de 2026, no por traición, sino por agotamiento. Y la Pequeña Venecia, indiferente a los gritos del pasado, avanza —sin épica y sin culpa— hacia la vieja promesa de volver a ser la Suiza de América.
La historia no absuelve ni condena: simplemente continúa. Y a veces, en su ironía más cruel, le quita la palabra a quien ya no tiene nada nuevo que decir.
