¿Por qué Ramón no?: La pregunta que el PRM le debe al país

Altanto.com.do

Por Nelson Valdez

En la dinámica del poder dominicano, donde la política suele ser un ejercicio de ventriloquía y el Estado un botín de campaña, el caso de Ramón Alburquerque no es una anécdota de pasillo; es una patología institucional. Su partido no lo condenó por sus carencias, sino por sus excesos. Lo castigaron con esa forma de eutanasia civil que es el silencio administrativo, porque Ramón cometió el pecado capital del sistema: ser un hombre completo en un ecosistema que solo tolera hombres funcionales.

En nuestra cultura política se tiene la mala costumbre de castigar el razonamiento. Ramón no era un operario de la consigna; era un arquitecto del argumento. No servía para el aplauso rítmico de la asamblea, sino para la frialdad del análisis científico. Los partidos, una vez sentados en el trono, no buscan ciudadanos críticos; buscan soldados de la obediencia, lealtades sin corteza cerebral. Ramón preguntaba bien, y en una democracia de apariencias, preguntar correctamente es interpretado como una forma de agresión.

Alburquerque concebía el país como un sistema de engranajes, mientras sus pares lo veían como una despensa de privilegios. Un hombre de formación científica es, por definición, un recordador de límites y consecuencias. El clientelismo, sin embargo, detesta los límites. Sentar a la lucidez a la mesa del poder era invitar a la conciencia técnica a una fiesta de improvisación. Su presencia obligaba a la realidad a entrar por la ventana, y el poder, que es ciego por conveniencia, jamás perdona a quien le devuelve la vista.

Ramón no pertenecía a ninguna tribu interna. No era un hombre de corrillo ni de pactos en servilletas sucias. Era un institucionalista en un territorio de facciones. Los partidos no suelen castigar la incompetencia —al torpe se le esconde o se le asciende para que no moleste—; los partidos castigan la independencia. Alburquerque no debía favores, y en política, no deber nada es, paradójicamente, no ser nadie. Estar solo es la forma más pura de tener la razón, pero es también la vía más segura hacia el exilio interno.

Esta es la verdad que se susurra pero no se escribe: la lucidez ajena es un espejo que desnuda la propia pobreza. Integrar a un hombre de alta formación técnica a un gabinete es exponer, por contraste, el raquitismo intelectual de la corte. El poder, cuando se siente inferior, no compite: excluye. No hubo estruendo ni ataques frontales; solo el vacío. Una exclusión higiénica y silenciosa, como quien quita una piedra del zapato para seguir caminando hacia el precipicio sin que nadie advierta de la caída.

Ramón no servía para la estética del selfie ni para el teatro del espectáculo. Servía para la historia, para cuadrar el país en el rigor de la conciencia y el dato. Pero vivimos tiempos donde se prefiere al que da bien en cámara antes que al que posee la arquitectura mental para diseñar una nación.

Ramón Alburquerque no fue marginado por incapaz, sino por incómodo. Fue excluido por entender que el poder no es un ascenso personal, sino una responsabilidad pública. Su organización no le dio un cargo porque tomarse a un hombre como él en serio habría significado, finalmente, tomarse el país en serio. Y eso, en nuestra política actual, parece ser pedir demasiado.

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