Por Yokasta Rodríguez García
Miles de niños en el mundo sienten que vivir duele demasiado. El suicidio infantil, lejos de ser un tema aislado, se ha convertido en una herida silenciosa que nos obliga a reflexionar como sociedad.
Según datos internacionales:
En 2019, murieron 8,327 niños de 10 a 14 años por suicidio, una tasa de 1,3 por cada 100,000. Cerca del 8 por ciento de los niños y adolescentes sufren depresión, y en la adolescencia esta cifra puede subir hasta un 20 por ciento.
No es culpa de los niños ni solo de la tecnología.
Es porque los rodeamos de pantallas pero no de escucha, les pedimos notas pero no emociones, les damos cosas pero no tiempo de calidad. Un niño que se suicida no quiere morir, solo quiere dejar de sufrir.
El problema no está en los niños.
El problema está en nosotros, como sociedad, y en la falta de espacios seguros para expresar emociones, pedir ayuda y hablar del sufrimiento sin miedo al estigma.
Reflexionemos:
¿Qué estamos haciendo mal como sociedad para que niños y adolescentes sientan que la vida no vale la pena?
¿Qué podemos hacer diferente a partir de hoy para que ningún niño sienta que morir es más fácil que vivir?
Los datos son una advertencia: el suicidio infantil es una herida que no podemos ignorar.
Lo que está en juego no son números, son vidas que deberían estar llenas de juegos, sueños y futuro.
El silencio de hoy puede costar vidas mañana.
