Por Yokasta Rodríguez García
En medio de debates, titulares, medidas cautelares, y opiniones divididas, hay una verdad que se impone con fuerza, aunque a veces queramos evitarla: en esta tragedia todos perdimos.
La tragedia del Jet Set no es solo un caso judicial. No es solo una audiencia. No es solo el nombre de unos hermanos o un veredicto por dictar.
Es una herida colectiva, una marca profunda que ha dejado cicatrices en familias, en trabajadores, en sobrevivientes… en un país entero.
Porque cuando ocurre una tragedia como esta, no hay ganadores.
- Ni en el banquillo de los acusados.
- Ni en las filas de los dolientes.
- Ni en los que buscan respuestas que ya no llegarán.
Murieron personas.
Quedaron niños huérfanos.
Madres enterraron a sus hijos.
Y hubo quienes sobrevivieron, sí… pero con el alma hecha pedazos.
Y aunque los medios se centren en lo jurídico, en lo legal, en los tecnicismos del proceso… hay algo mucho más hondo que no se puede medir con expedientes:
el dolor humano
el vacío que dejó la pérdida
el trauma de haber estado ahí
y la culpa o impotencia de no haber podido evitarlo.
Cuando hay una tragedia así, todos pierden
Los dueños del local perdieron más que un negocio.
Su nombre quedó manchado. Su vida cambió para siempre. También ellos cargan ahora con culpa, con señalamientos, con miedo, con dolor.
Y quizás —como muchos otros—, con la pregunta clavada en el pecho: “¿Y si hubiéramos hecho algo diferente?”
Las víctimas, sus familias, los empleados, los testigos… todos están rotos de distintas maneras.
Y eso no lo cura un juicio.
Ni lo sana una sentencia.
Ni lo tapa un acuerdo.
La justicia es necesaria… pero no es suficiente
Sí, necesitamos que se haga justicia.
Que haya consecuencias.
Que se investigue a fondo.
Que no se encubra a nadie.
Pero también necesitamos algo más:
escuchar el dolor de todos.
Dejar de mirar solo con rabia o morbo, y empezar a mirar con compasión.
Porque en medio de este desastre, nadie salió ileso.
¿Y ahora qué?
Quizás el juicio termine.
Quizás haya condenas o absoluciones.
Quizás pasen los días y los medios busquen otra noticia.
Pero el duelo seguirá vivo.
En cada casa vacía.
En cada abrazo que ya no está.
En cada recuerdo que duele.
Y ahí, en ese silencio que queda cuando se apagan los reflectores, es donde de verdad se mide el alcance de una tragedia.
Que esta tragedia nos mueva como sociedad.
Que nos lleve a revisar nuestras normas, nuestros sistemas, nuestras prioridades.
Y, sobre todo, que nos recuerde que el dolor no tiene bandos.
Porque cuando se pierde una vida humana,
cuando se apaga una historia que tenía tanto por vivir…
todos perdemos.