Nelson Valdez
Vivir en un país donde el gobierno miente es como habitar una casa sin espejos: uno no se reconoce, no sabe si sonríe o llora, y termina confiando más en la sombra que en el rostro. Aquí la política no se hace con ideas ni proyectos, sino con humo. Cortinas que se levantan para tapar los boquetes de la realidad. Y el ciudadano respira ese humo hasta la tos, hasta que la mentira se convierte en clima, como el polvo del desierto que se cuela sin pedir permiso por la ventana.
La falsedad oficial tiene un aire de tragicomedia barroca. Un ministro promete transparencia con la misma voz con que un prestidigitador anuncia un truco: todos sabemos que en la chistera no hay conejo, pero igual se aplaude, por cortesía o por miedo. El poder ha hecho de la mentira una liturgia civil, con sus letanías, sus himnos y sus cámaras de televisión que ofician la misa.
Aquí la verdad no muere de golpe, sino de anemia. Se nos adelgaza entre las páginas de los periódicos domesticados, en la letra muerta de los informes oficiales, en la burocracia que convierte un reclamo en laberinto sin salida. El Estado es un espejo que devuelve rostros deformes: el ciudadano busca su reflejo y solo encuentra la mueca grotesca del gobernante
Sin embargo, resistimos. Unos con humor, otros con rabia, otros con el silencio resignado de quien sabe que la gritería es inútil. La mentira gubernamental ya no es un hecho extraordinario, sino un hábito nacional: se desayuna con titulares inflados, se almuerza con promesas huecas, se cena con silencios programados.
Y en medio de este teatro, queda la sospecha como último refugio. La sospecha es nuestra única certeza. Quizá por eso seguimos mirando hacia dentro, escribiendo, recordando, para que no nos arrebaten lo único que todavía no saben falsear: la memoria íntima del ciudadano, la resistencia personal a ser reducido al papel de espectador en un circo de humo.
Porque en un país donde todo es engaño, la verdad no es un lujo: es un acto de resistencia estética, casi poética. Y tal vez ahí, en ese pequeño gesto de no tragarse el humo entero, radique la última esperanza.