LA DANZA DE LA CORRUPCION

Nicole Vásquez

Autor:NelsonValdez

La corrupción no es una mancha, es un perfume, un olor dulzón, persistente, que impregna los pasillos de nuestros ministerios, los plenos del congreso, los saludos en la antesala de cualquier despacho oficial, aquí la política es un carnaval eterno donde la careta no se quita ni al dormir, porque el disfraz es la piel misma.

El político dominicano es ese personaje anfibio entre el caudillo de barrio y el empresario con pretensiones de modernidad, tiene la extraña habilidad de hablar de patria mientras aprueba prestamos que el nunca tendrá que pagar, todo discurso sobre la transparencia suele terminar con un guiño al primo, un sobre para el amigo, un contrato para el compadre, la corrupción, como la bachata, se baila en pareja, con movimientos acompasados, cercanos, íntimos.

Pero sin embargo la gente ríe, se ríe de su propia desgracia, como si fuera una telenovela demasiado larga para tomársela en serio, un buhonero de la Duarte, una profesora de Barahona, un motoconchista en Higüey, todos saben los nombres de los ladrones de cuello blanco, pero en la intimidad del colmado lo cuentan como quien recuerda un chiste viejo, la indignación se convierte en rutina, y la rutina, en anestesia.

Lo grave no es que roben, lo grave es que lo hagan con elegancia de notario, con la sonrisa de quien bendice un cheque robado en nombre del progreso, en cada escándalo hay un eco de García Márquez “la corrupción tiene mejor memoria que la justicia”. Y sí, en Santo Domingo se confirma que la impunidad no es un accidente, es un laberinto que nunca llega a la casa del pobre.

Pero, como en toda buena narración, hay siempre un personaje secundario que guarda un as bajo la manga, son los jóvenes, esos que nacieron ya cansados del “tú sabes que e’ así” y que, armados de celulares, memes y rabia, van dejando constancia digital de la farsa. Tal vez ahí, entre hashtags y vigilias improvisadas, se esté escribiendo el borrador de otro país.

Por ahora seguimos en esta tragicomedia tropical, donde los diputados entran pobres y salen gordos de bolsillo, donde los presidentes se jubilan en mansiones de novela rosa, y donde cada tanto alguien recuerda, con nostalgia, que la política era para servir y no para servirse.

La corrupción en dominicana es un bolero interminable: repetido, cursi, doloroso. Y, sin embargo, como en todo bolero, hay un momento en que la voz se quiebra, y en esa grieta podría colarse un día la esperanza.

Atentamente Un pobre infeliz

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