¿Guerra en nombre de la paz para financiar la deuda?

Altanto.com.do

Dr Alexis Vargas

Al cerrar la redacción de este artículo, la deuda de los Estados Unidos habrá aumentado en unos 450 millones de dólares. No es una hipérbole literaria, sino una aritmética implacable: la deuda crece hoy a un ritmo aproximado de 30 millones de dólares cada veinte segundos. En términos anuales, el incremento asciende a 1.576.800 millones de dólares; sí, ha leído bien: 1,58 billones de dólares. Esta cifra equivale al 21,6 % del presupuesto total utilizado por el Gobierno de Donald Trump en 2025, presupuesto que alcanzó los 7,3 billones de dólares.


Entre 2024 y 2025, dicho presupuesto se incrementó en un 7,35 %. Para 2026 cuyo debate aún reverbera en los pasillos del Capitolio, el presidente solicita un aumento adicional del 18,46 % respecto de esos mismos 7,3 billones. El presupuesto, como un animal mitológico al que nadie logra domar, crece sin recordar ya la razón de su propio tamaño.


La estrategia de Donald Trump parece orientada a librar guerras que le permitan ganar batallas en el campo bélico que ni siquiera puede enfrentar en el ámbito económico interno. El panorama se oscurece cuando el presidente de los Estados Unidos amenaza con tomar por la fuerza territorios de otros países en nombre de la seguridad nacional. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) irrumpe como un espectro que aterroriza, dispara y mata, no solo a inmigrantes indocumentados, sino también a ciudadanos estadounidenses. En paralelo, Trump se autoproclama presidente de Venezuela, prepara una entrada con pretensiones enciclopédicas al estilo Wikipedia y la publica en su red social, Truth Social.


Así, lo mediático se exacerba hasta niveles desconocidos en la historia republicana de los Estados Unidos, como si el ruido pudiera opacar la tragedia económica, social, geopolítica, institucional y migratoria y también la de su propia popularidad política que atraviesa el país de las barras y las estrellas.


Los próximos nombres en la lista parecen ser México y Dinamarca, países gobernados, casualmente o no, por mujeres de carácter recio: Claudia Sheinbaum y Mette Frederiksen, respectivamente. La primera desafió enviando petróleo a Cuba; la segunda respondió con firmeza, advirtiendo que defendería Groenlandia con todas las herramientas a su alcance. Dos figuras que, como molinos de viento bien plantados, no se inclinan ante el jinete de Mar-a-Lago.


La fuerza militar se utiliza para sostener la hegemonía y el valor del dólar, mientras que las redes sociales, la prensa, la radio y la televisión funcionan como espejos deformantes destinados a distraer miradas y oídos. Todo sirve para dar de qué hablar, mientras la economía de la mayor potencia militar del mundo se desploma, sostenida apenas por una burbuja que amenaza con estallar. La popularidad de Donald Trump cae, y sus promesas de campaña se alejan cada vez más de sus objetivos, como un horizonte que retrocede cuanto más se lo persigue.


Los bancos centrales del mundo corren a recoger sus monedas: abandonan los bonos de la Reserva Federal, compran oro y otros metales, y exploran mercados alternativos fuera de los Estados Unidos. La deuda ha alcanzado ya el 124 % del PIB, el nivel más alto desde un pico puntual registrado durante la Segunda Guerra Mundial. Entonces, el aumento estuvo asociado a gastos transitorios propios del conflicto bélico; hoy, en cambio, la deuda responde a gasto estructural, al mantenimiento mismo del Estado, con partidas difíciles cuando no políticamente imposibles de recortar. Medicare, Medicaid y la Seguridad Social se erigen como murallas que los demócratas no están dispuestos a negociar bajo ningún concepto.


La deuda y la burbuja de las llamadas “siete magníficas” los gigantes tecnológicos de Wall Street parecen estar creando una tormenta perfecta. Algunos números sostienen esta tesis: los 38 billones de dólares de deuda pagan una tasa de interés promedio del 3,38 % anual. Hace apenas tres años, esa tasa era del 1,60 %. La deuda no solo crece: se encarece. Este año vencen 10,74 billones de dólares, es decir, deuda antigua con intereses bajos que será refinanciada a tasas muy superiores. El resultado es una espiral que se alimenta a sí misma.


Los bancos centrales, especialmente los asociados a los BRICS, se desprenden de dólares y de bonos del Tesoro estadounidense, respaldando sus reservas en otros activos. La menor demanda de dólares y de bonos eleva el costo de la deuda. La Reserva Federal, bajo la dirección de Jerome Powell, se ve obligada a ofrecer tasas más altas para atraer compradores. Sin embargo, el magnate de Mar-a-Lago no está dispuesto a aceptar las condiciones actuales y ha presionado para que se recorten las tasas, logrando una reducción desde el 5,75 % hasta el 3,75 %. Pero esa cifra está muy lejos de los 130 puntos básicos un 1,30 % que exige Trump.
Conviene subrayarlo: una reducción de tal magnitud podría devolver la inflación a los dos dígitos en cuestión de meses. Trump no lo entiende o no quiere entenderlo, siguiendo el libreto que le dicta Peter Navarro, su asesor económico. Jerome Powell, por su parte, ha sido claro: aun cuando la fiscal general afín a Trump intenta imputarle cargos que muchos califican de “inventados y maliciosos”, no responderá a presiones ni mediáticas ni judiciales. Ha trabajado para administraciones demócratas y republicanas, y se aferra a esa trayectoria como quien se ata al mástil para no sucumbir al canto de las sirenas.


Las consecuencias podrían comenzar a sentirse a partir de la tarde del 12 de enero de 2026 y profundizarse hacia el 14 de enero. Anticipamos, por ello, una presión creciente desde Washington hacia las grandes corporaciones, para que “autoinviertan” sus fortunas personales en las acciones de las empresas que dirigen, como si el patriotismo pudiera cotizar en bolsa.
Y entonces queda flotando la pregunta, casi quijotesca, en el aire enrarecido de los mercados:


¿Será que esta vez Elon Musk le gritará al mundo, con la franqueza tardía de quien despierta de un mal sueño: “Debí votar por Kamala”?

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