El magnate en su laberinto camina en su soledad por una alfombra color sangre

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DR. ALEXIS VARGAS

Era un tiempo en que las naciones, como reinos en lid de gigantes y encrucijadas de historia, veían cómo el viento del norte traía rumores de furor y de espadas sin filo. En la vasta extensión del dominio canadiense, donde los bosques y los lagos cantan epopeyas más antiguas que los mapas mismos, el primer ministro Mark Carney, con voz templada pero firme, habló de ruptura y desafío frente a las amenazas de aranceles y conquistas. En lo que parecía una fábula tan remota como los relatos de los bardos, Ottawa trazó planes, por primera vez en un siglo, para responder a la hipotética invasión de su vecino del sur: un ejercicio conceptual de estrategias, emboscadas y defensa ágil que se vestía de insurgencia ante la abrumadora potencia de Washington

Y en esos umbrales del mundo, donde la razón y la ley debería ser norma, escuchábanse por los pasillos de Davos las palabras del regente canadiense oponiéndose con fuerza a los aranceles decretados por Donald Trump —un hombre cuyo nombre resonaba como estruendo de campanas inquietas— por su osadía de pretender usar sanciones económicas para forzar la cesión de territorios y desbordar fronteras de respeto mutuo Carney, sin mencionar al magnate por su nombre, dejó saber que la época en que una sola potencia dictaba la paz había fenecido, y que un nuevo concierto de estados medianos debía erguirse para salvaguardar la equidad y la estabilidad global.

Mientras tanto, lejos de los frescos bosques canadienses, en las tierras antiguas de Europa, el eco de esas afrentas resonaba en las declaraciones de los custodios del viejo orden. Emmanuel Macron, con gesto ceñudo, calificó de inaceptable la amenaza de imponer aranceles sobre aliados europeos por su apoyo a la soberanía de Groenlandia, lugar remoto y helado que, sin embargo, representaba un símbolo de autodeterminación contra las ansias hegemónicas. Y Ursula von der Leyen, desde la cúspide de las instituciones europeas, proclamó que la Unión debía forjar una independencia permanente frente a la coerción del coloso norteño, preparado incluso para desplegar un arsenal de respuestas económicas en defensa de sus principios más sagrados.

Así, en esa babel de diplomacia y desafío, Canadá no sólo levantó su voz contra Washington, sino que también extendió su mano hacia oriente. En Beijing, Carney y líderes chinos sellaron un acuerdo para rebajar aranceles sobre vehículos eléctricos chinos, abriendo un pasaje de comercio recíproco y reduciendo barreras que antaño habían sido altas murallas. Aquella alianza fue vista por muchos como un gesto audaz de diversificación, un acto de realineamiento estratégico para disminuir la dependencia de la economía estadounidense en tiempos de tormenta comercial, aunque manteniendo aún sólidos vínculos de seguridad con sus aliados tradicionales.

Y en la helada cumbre del Foro Económico Mundial en Davos —ese ágora donde los destinos se negocian entre cafés y corbatas— arribó Donald Trump, caminando solitario por una alfombra color sangre, con la mirada fija en su propósito de incluir a Groenlandia en la esfera de su dominio. Sin embargo, el recibimiento fue distante: los líderes europeos, lejos de prodigarle hospitalidad, se mostraron reservados, hasta fríos, obligando al mandatario a rebajar su tono y ceñir sus demandas en un marco de diplomacia más templada y menos coercitiva.

Fue en ese foro donde Trump anunció un “marco de acuerdo” con la OTAN sobre Groenlandia, renunciando a la imposición de aranceles y al uso de la fuerza —al menos de palabra— para conquistar el hielo del Ártico, afirmando que priorizaría la seguridad a través de alianzas antes que el conflicto abierto. Esta retirada, o puesta en pausa estratégica, calmó momentáneamente los mercados internacionales, que habían sentido el estremecimiento de la incertidumbre en sus columnas financieras, elevando índices bursátiles y disminuyendo la ansiedad de los inversores.

Sin embargo, no todos los ecos fueron de alivio. Aun entre las huestes republicanas en el Senado y la Cámara de Representantes, surgieron voces que condenaron las amenazas de Trump de usar aranceles como arma política, advirtiendo que tales medidas eran dañinas para la propia nación y que erosionaban la cohesión de alianzas centenarias, incluso insinuando que tales acciones podrían acarrear consecuencias políticas severas, en un clamor que rozaba la amenaza de juicio político o reprensión interna.

Así, entre diplomacia, táctica militar teórica, alianzas comerciales emergentes y retiradas estratégicas, el laberinto en que caminaba el magnate parecía más intrincado que antes. Canadá, firme en su dignidad y renovada en su osadía, había respondido no sólo con aranceles retaliatorios y alianzas con China, sino con una retórica y una praxis que reclamaban respeto y equidad en una nueva era donde ningún titán podía imponer su voluntad sin hallar ecos de resistencia en las repúblicas que se alzan por justicia y soberanía.

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