Por Dr. Alexis Vargas
El Conejo Malo se lo devoró todo. No fue un espectáculo: fue una irrupción. Un mensaje lanzado como relámpago en el firmamento del poder cultural. Colocó la latinoamericanidad en el cielo del yanquismo, no como invitada exótica, sino como fuerza creadora que nombra, ordena y resignifica.
Y lo hizo sin renunciar a su lengua. Conservó el español intacto, con su música interna, con la magia irrepetible de la jerga puertorriqueña, con su cadencia callejera y su dignidad histórica. No tradujo su alma al inglés, no suavizó su acento ni pidió permiso semántico. Aunque domina la lengua del imperio, eligió algo más audaz: hablar desde sí mismo y, aun así, meterse en la mente, el alma y el cuerpo de los gringos… y ponerlos a bailar.
El gesto fue todavía más profundo: entrelazó su identidad con la historia del deporte, y lo hizo allí donde más duele y más pesa. Tomó el fútbol americano, tótem de los sectores más conservadores de Estados Unidos, y lo atravesó con ritmo, memoria y símbolo. Ya no fue “fútbol americano”: fue el fútbol de toda América, resignificado, reapropiado, devuelto al continente como espacio común.
Ni siquiera el boicot malintencionado de Washington, los intentos de minimizarlo, reducirlo o encajonarlo en la anécdota, lograron desviarlo. No se detuvo a mirar quién intentaba bajarle el volumen. Avanzó. Y avanzó con una inteligencia simbólica impecable.
Se apalancó en dos gigantes del imaginario global, Lady Gaga con su desliz sionista y Ricky Martin con su inalcanzable humildad humana, no como muletas ni bastones, sino como trofeos culturales: uno en cada mano, exhibiendo que la grandeza no se subordina, se comparte. El mensaje fue claro y brutalmente elegante: América no es fragmento, América es totalidad; América somos todos, y unidos somos mucho más fuertes.
Y allí estaba el símbolo final: el balón golpeando, marcando el touchdown, no solo como jugada deportiva, sino como afirmación histórica. La anotación no fue de un equipo: fue de un continente.
Lo ocurrido trasciende el show. Fue irreverencia consciente, acto cultural mayor, gesto político sin consignas. En su tiempo y en su lenguaje, dialoga con las grandes irrupciones simbólicas de la historia: Mandela desafiando el orden racial, Martin Luther King soñando en voz alta en el corazón del poder. No por la forma, sino por el coraje de ocupar el centro y transformarlo.
Esta noche, la tarima fue tribuna, el ritmo fue discurso y el cuerpo latino fue manifiesto. Y el mensaje quedó claro, imposible de borrar: la cultura no pide permiso cuando sabe quién es.
