Por Nelson Valdez
Ramón caminó la calle
con los zapatos llenos de polvo y de promesas usadas,
y no pidió permiso al viento
para decir su nombre en voz alta.
Fue político —sí—
pero antes fue hombre:
de esos que madrugan con el país a cuestas
y se acuestan tarde
cuando la conciencia no deja dormir.
La patria lo conoció en mangas de camisa,
discutiendo con la historia
como se discute con un hermano terco:
a gritos,
pero sin dejar de quererlo.
Le dolió la República
como duele una muela antigua,
y aun así sonrió,
porque sabía que el dolor también gobierna.
Cambió de siglas
como se cambia de trinchera
cuando la batalla ya no es la misma,
pero no cambió de mirada
ni de hambre de justicia.
Hoy la tierra lo recibe
sin discursos ni banderas,
y la muerte —que no milita—
le concede al fin
la razón del silencio.
Queda su paso,
su voz gastada,
su terquedad de dominicano decente,
esa rara especie
que no se rinde
ni siquiera cuando pierde.
Descansa, Ramón.
La historia te anotará con lápiz duro,
y el pueblo —que es juez lento, pero justo—
te recordará
como se recuerda a los hombres
que no fueron perfectos,
pero sí necesarios.
