POR ALEXIS VARGAS
Caracas no nació: fue soñada primero por algún dios cansado de la monotonía del paraíso y luego sembrada, como quien deposita una semilla luminosa, en el centro mismo de un valle abrazado por montañas antiguas. Allí vine yo al mundo, en esa ciudad donde el cielo parece descender cada tarde para besar los tejados y donde el viento del este entra por Petare como un mensajero perfumado de mango maduro, de lluvia tibia y de buganvilias encendidas.
Sobre ella vigila el Ávila, inmenso y paternal, verde como un océano detenido en piedra, con su neblina de amanecer parecida al humo de los sueños. El Ávila no es montaña: es un abuelo silencioso que observa la ciudad dormir y despertar, un centinela eterno que ha visto enamorarse generaciones enteras bajo sus faldas cubiertas de eucaliptos y flores silvestres. Hay mañanas en Caracas en las que el sol no sale: florece. Y entonces el alba derrama un naranja imposible sobre las ventanas, sobre las avenidas, sobre los rostros todavía adormecidos de quienes caminan creyendo vivir en una ciudad común, sin sospechar que pisan un territorio encantado.
Porque Caracas tiene el extraño don de convertir la nostalgia en pájaro.
Las guacamayas lo saben. Por eso cruzan el cielo en bandadas escandalosas, como heraldos tropicales anunciando que la belleza aún resiste. Sus gritos no son gritos: son trompetas de colores convocando la memoria. Y uno se detiene, inevitablemente, a mirarlas pasar, mientras los loros verdes, amarillos y azules se posan sobre los árboles como frutas vivas arrancadas del corazón de la selva amazónica.
Y entonces aparece el Parque del Este, gigantesco y sagrado, respirando en medio de la ciudad como un pulmón de otro mundo. Allí la naturaleza y la imaginación firmaron un pacto eterno. Sus senderos guardan secretos antiguos; su concha acústica parece construida para que la música converse con las estrellas; el serpentario tiene el misterio húmedo de las expediciones selváticas; y el Planetario Humboldt, suspendido entre ciencia y magia, enseñó a generaciones enteras que el universo cabía en una mirada de niño.
No era un parque. Era un país dentro del país.
Y en sus espacios danzaban, silenciosas y eternas, las obras de Jesús Soto y Carlos Cruz-Diez, hombres que lograron domesticar el color y hacer que la luz obedeciera a la geometría del asombro. Sus obras parecían respirar con la ciudad, moverse con el viento y conversar con las sombras de los árboles. Caracas era también eso: un museo abierto al cielo.
Y cómo no amar una ciudad donde las universidades eran templos de inteligencia y rebeldía. La Universidad Central de Venezuela, con su espíritu monumental; la Universidad Simón Bolívar, sembrada entre colinas como una ciudad del futuro; la Universidad Metropolitana y la Universidad Santa María, donde miles de jóvenes aprendieron a nombrar el mundo mientras soñaban transformarlo. De aquellas aulas salieron hombres y mujeres que hoy caminan por continentes lejanos llevando en la voz un acento inevitablemente caraqueño y en el alma la disciplina luminosa de aquella ciudad que enseñaba a pensar incluso en medio del caos.
Porque Caracas siempre tuvo algo de hechizo y de batalla.
Era elegante y salvaje al mismo tiempo. Una dama vestida de concreto y flamboyanes. Una ciudad donde las noches olían a café recién colado, a libros húmedos de lluvia, a conversaciones interminables y a boleros escapando de alguna ventana. Allí convivían la cortesía antigua y el vértigo moderno; caballeros que aún besaban manos, damas de belleza imposible caminando bajo jacarandas florecidas, artistas, soñadores, estudiantes, bohemios y locos maravillosos que hablaban de política, de poesía y de amores eternos como si el tiempo jamás fuese a terminar.
Y quizá por eso Caracas duele tanto cuando se recuerda.
Porque no existe otra igual.
Porque quien nació allí lleva para siempre una música escondida en la sangre: el rumor del viento bajando del Ávila, el eco de las guacamayas, la luz naranja del amanecer reflejada sobre las montañas, el perfume de la ciudad mojada después de la lluvia.
Y aunque el mundo entero se recorra, aunque los años se acumulen como polvo sobre los hombros, siempre habrá una parte del alma sentada en una ventana caraqueña esperando el regreso de las aves de colores al atardecer.
Gracias, Caracas.
Ciudad imposible.
Ciudad mágica.
Ciudad herida y eterna.
Cuna de libertadores, de soñadores y de nostalgias infinitas.
Gracias por haberme enseñado que la belleza puede tener forma de valle.
