El Caballero de la Armadura Dorada y la República de los Espejismos

Altanto.com.do

Dr. Alexis Vargas

En algún lugar de Mar-a-Lago, donde los cocoteros murmuran secretos a las olas y los espejos devuelven imágenes maquilladas de poder, vivía un hidalgo de pompa dorada, más dado a los campos de golf que a los campos de batalla y la estrategia, que creyó, en su senectud de reality show, que el mundo era un tablero de ajedrez y él, el único rey legítimo de la partida.

No era la locura noble de Alonso Quijano, que soñaba con gigantes donde había molinos, sino una demencia lúcida, calculada, que convertía las sombras en enemigos y los aliados en traidores, todo por el fulgor de un trono que no le pertenecía. Este caballero, que no leía libros sino ratings, que no escuchaba consejeros sino aduladores, se proclamó defensor de una América que jamás existió, una América de cartón piedra, de banderas ondeadas por algoritmos y discursos escritos en TS y X usando el dialecto de la ira.

Como Aureliano Buendía, que en Macondo declaraba guerras que nadie entendía, este caballero dorado inventaba conflictos con vecinos que antes fueron hermanos. México, Canadá, Europa: todos convertidos en villanos por el arte de la distorsión. La diplomacia se volvió espectáculo, la ley un truco de prestidigitador, y la Constitución, un papel mojado en el pantano de la ambición.

Pero no todo era farsa. En los pasillos del Capitolio, los dientes del desacuerdo republicano comenzaban a afilarse. Enero se aproxima como un jinete sin rostro, trayendo consigo la discusión del presupuesto gubernamental, ese ritual de cifras y voluntades donde se decide el destino de millones. Y el caballero, que se cree emperador de la vía láctea, teme que los cofres se cierren, que los tributos se nieguen, que los cortes se conviertan en cuchillas.

Y más allá, en el horizonte, se alza la marea azul. No es una ola, es un tsunami. Viene desde el Pacífico, donde los vientos del cambio soplan con furia, y desde el Atlántico, donde las mareas traen memorias de justicia. Avanza con paso de gigante, recorriendo la tierra de las barras y las estrellas, y amenaza con estallar en azul profundo en el meridiano 90 oeste, justo en el corazón de la nación de Washington y Lincoln. Allí, donde se escribieron los sueños de libertad, podría escribirse el epitafio de un reinado de espejismos.

El caballero, que soñaba con coronas galácticas y títulos nobel, se enfrenta al destino de los que confunden el aplauso con la legitimidad. Su reino de pantallas se agrieta, sus dragones se desvanecen, y su armadura dorada comienza a oxidarse bajo el peso de las verdades que no se pueden editar.

Mientras tanto, en la tierra de los tepuyes y las hallacas, el pueblo venezolano celebra la Navidad con villancicos y pan de jamón, ajeno al desfile de buques que intentan promover el terror y desasosiego, la colocación de barreras invisibles a los cielos de la tierra de la salvación energética y amenazas de invasión. Porque en el Caribe, como en Macondo, la vida sigue entre la música y la resistencia, entre la memoria y el olvido, no obstante las acusaciones del golfista de la posverdad —ese caballero de swing errático y verbo inflamado— que señala con dedo tembloroso a la tierra de Bolívar como cuna de la hoja maldita, alquimista del clorhidrato de la muerte, mercader de la pesadilla blanca y banquero de la perdición, como si en los tepuyes se imprimieran las papeletas verdes con el rostro de Benjamín Franklin y se apilaran en bóvedas ocultas bajo el Salto Ángel, mientras en realidad reposan, bien planchadas y bendecidas, en los templos financieros de la nación de las barras y las estrellas. Nación que, dicho sea de paso, administra sus tesoros desde una Casa Blanca que ya no es blanca, sino teñida de rojo por dentro y por fuera, y que amenaza con levantar un ala este recubierta en oro, fundido con el metal arrebatado a los hijos de Cuauhtémoc hace más de dos siglos, como si la historia fuera un casino donde siempre gana el mismo jugador

Y así, como en los últimos capítulos del Quijote, el caballero dorado podría despertar un día, no en la gloria, sino en la melancolía de saber que su legado será contado no en libros de historia, sino en manuales de sátira, capítulos de Los Simpsons y hasta en una última edición de Condorito y Donald

Share This Article