Nelson Valdez
La política dominicana huele a caoba vieja y sudor rancio. Huele a los trajes planchados del domingo, a los discursos
recalentados que llevan medio siglo sirviéndose en la misma mesa de engaños. Aquí los políticos no gobiernan: se reparten el
país como si fuera una herencia de difuntos, y el pueblo —ese huérfano perpetuo— aplaude, llora y vuelve a votar con la
esperanza, tan testaruda como inútil, de que esta vez será distinto. Pero no lo es. No lo ha sido nunca.
Cada cuatro años el país se viste de ilusión: las paredes se llenan de sonrisas falsas, los jingles prometen paraísos con ritmo de
merengue, y los pobres vuelven a soñar con agua, empleo, justicia o una maldita acera para no caminar entre el lodo. Pero las
urnas se abren y lo que sale de ellas no es democracia, sino un eco cansado: el mismo apellido, la misma mano sucia, el mismo
pacto entre hienas.
La clase política dominicana es un espejo roto: refleja poder, pero está hecha de pedazos. Dicen servir al pueblo, pero se sirven
del pueblo. Hablan de patria, pero solo piensan en contratos. Han confundido el Estado con su finca, el Congreso con su club
social, y el presupuesto con su banquete.
Mientras tanto, el país real —ese que no sale en los periódicos ni en los informes— sigue muriendo de indignidad. Los hospitales
sin gasa, los jóvenes sin futuro, los maestros sin voz, los campesinos sin tierra. La pobreza no es ya un problema: es una
costumbre, una forma de respirar.
Y sin embargo, lo más triste no es la corrupción, sino la resignación. Ese silencio colectivo, esa mirada baja del que ya no espera
nada. Porque cuando un pueblo deja de creer, no necesita cárceles: basta con su cansancio. Los políticos dominicanos prometen el cielo, pero construyen sótanos. Hablan de cambio, pero lo único que cambian son los relojes de oro por los nuevos modelos. Se reparten ministerios como quien reparte botellas en una fiesta. Y cuando los escándalos estallan, sonríen, rezan, y vuelven a empezar.
El pueblo, con su fe desgastada, sigue mirando al horizonte, esperando que el amanecer llegue de manos limpias. Pero la aurora
no llega. Solo llega el ruido de los motores oficiales, los convoyes de lujo, los discursos huecos transmitidos por televisión.
Y así, día tras día, la República Dominicana se desangra en promesas, no por culpa de un balazo, sino de mil mentiras pequeñas.
Se muere en cuotas: una por cada esperanza traicionada, por cada joven que se va, por cada anciano que muere esperando una
pensión que nunca llega.
No hay peor tragedia que la del pueblo que aprendió a sobrevivir sin esperanza.
Porque cuando ya nadie sueña, cuando ya nadie se indigna, cuando el pueblo se acostumbra al abuso como al calor, la patria
deja de ser nación para convertirse en negocio.
Y entonces, solo queda el llanto.
Un llanto que no se oye, pero que moja la tierra entera.
Un llanto que pide, sin voz, una sola cosa: dignidad.
Atentamente
Un pobre infeliz
