Por: Yokasta Rodríguez
Mariana llegó con sueños y ganas de estudiar, pero encontró un muro de desigualdad, falta de oportunidades y consejos que la empujaron a un mundo del que muchos dicen que es “dinero fácil”, aunque la realidad demuestra lo contrario.
Sueños que se rompen al llegar
Mariana vino a España con la esperanza de aprender, crecer y construir un futuro mejor.
Al principio trabajó en lo que pudo: limpieza, ventas, cualquier empleo que le permitiera pagar el alquiler.
El dinero nunca alcanzaba.
El “trabajo fácil” que no lo era
Una amiga le habló de la prostitución como un camino rápido para ganar dinero.
La necesidad y la falta de alternativas la llevaron a aceptar.
Muchos lo llaman el dinero más fácil de ganar.
Ella pronto descubriría que era todo lo contrario.
El choque con la dura realidad
Lo que vino después fue un golpe:
Clientes agresivos que la insultaban o la tocaban sin permiso.
Horarios interminables, noches de miedo y soledad.
Fraudes: cheques sin fondos y pagos que nunca llegaban.
El precio en el cuerpo y en el alma
El trabajo sensual es el único donde las propias mujeres terminan atacando sus cuerpos.
Muchas deben pasar por el quirófano debido a daños y secuelas.
Quedan con marcas físicas y emocionales que duran toda la vida.
Son heridas invisibles, monstruos con los que tienen que convivir cada día.
Una realidad compartida
Mariana no está sola.
Hombres y mujeres viven atrapados en lo mismo, sin salida y sin justicia.
Mientras tanto, la sociedad los etiqueta y los juzga desde la comodidad de un sofá.
Reflexión
Detrás de cada “prostituta” hay una historia dolor, miedo y necesidad.
No es dinero fácil, no es glamour, no es elección para muchos.
Vivimos en un mundo que etiqueta antes de mirar y juzga antes de escuchar.
Antes de señalar, la pregunta debería ser otra:
¿Qué cruz carga esa persona? Qué historia nunca vimos?
Ninguno somos libres de pecado.
Lo que hace falta no son juicios, sino compasión verdadera.
No más dedos acusadores.
No más etiquetas.
Necesitamos manos que levanten y miradas que reconozcan la dignidad que todos llevamos dentro.
Por: Yokasta Rodríguez
