Por: Nelson Valdez
Compañeros y compañeras
Nos encontramos en un punto crítico, un cruce de caminos donde el futuro de nuestro partido está en juego. Aunque todavía tenemos el poder, las voces en las calles y las encuestas no mienten: la confianza se está erosionando a un ritmo alarmante. Estamos al borde de una derrota en el 2028 que no será por la astucia de nuestros oponentes, sino por nuestra propia inercia y sordera ante los reclamos de la gente.
Hemos permitido que una distancia inaceptable se cree entre nosotros y la ciudadanía. El clamor por transparencia, por soluciones reales a los problemas cotidianos y por un liderazgo que sirva, y no que se sirva, es más fuerte que nunca. Ignorar estas señales no es estrategia, es un camino directo a la irrelevancia.
Esta no es una advertencia vacía. Es la última oportunidad para rectificar. Debemos dejar de lado la arrogancia y escuchar. Es hora de demostrar, con acciones, que el poder no nos ha hecho olvidar de dónde venimos y a quiénes representamos. La historia está llena de partidos que se creyeron invencibles hasta que un día, en las urnas, el pueblo les demostró lo contrario.
Supongo que todavía se atreven a llamar a esto un partido, ¿no? Siguen ahí, con la misma fe de un viudo que espera una pensión que le prometieron hace veinte años. Escucho que hablan de reclamos del pueblo, como si el pueblo no tuviera otra cosa que hacer que gritarle al viento. El pueblo grita, sí, pero nosotros, con la costumbre que da el poder, aprendimos a ser sordos. Y no es que no oigamos, es que creemos que su voz es tan solo el rumor de la lluvia que pasa de largo.
Dicen que estamos al borde de la derrota. ¡Y qué más da! Llevamos tanto tiempo en el poder que ya no sabemos qué hacer con él. Lo perdimos de tanto tenerlo, de tanto creer que era un privilegio y no una obligación. El barco se hunde, y nosotros seguimos discutiendo si el capitán se ha puesto la gorra al revés.
No hay nada que hacer, ni que esperar. La única lección que la historia nos ha dado es que no aprende de sí misma. Seguiremos esperando la carta, la señal que nos diga que todo va a arreglarse, pero ya saben, al igual que el viejo, esa carta nunca llega. El tiempo se nos escurre entre los dedos y a nosotros, en vez de preocuparnos por el futuro, solo nos queda la melancolía de un pasado que, a decir verdad, ni siquiera fue tan glorioso.
El tiempo de actuar es ahora. Si no atendemos los reclamos del pueblo, las próximas elecciones no serán una contienda, sino la culminación de un juicio público.
Atentamente,
Un pobre infeliz
