Muchos piensan que para sentir a Dios hay que vivir algo espectacular: caer al suelo, temblar, hablar en lenguas. Y cuando no pasa nada, se preguntan: “¿Será que no tengo fe? ¿Dios se olvidó de mí? ¿Por qué otros sí lo sienten y yo no?”
La verdad es que Dios no necesita un show para estar presente, no es un espectáculo ni una emoción pasajera. Dios es amor constante, incluso cuando no lo sientas con intensidad.
La fe no es sentir, la fe es creer aunque no veas, es confiar en que él está ahí, incluso cuando todo está en silencio.
Con esto no digo que quienes caen al sentir su presencia o hablan en lenguas no vivan algo real. ¡Claro que sí! Simplemente, Dios se relaciona con cada persona de manera única, según lo que cada corazón necesita.
A veces los religiosos nos quieren hacer creer que Dios es un Dios castigador, pero Dios es un Dios de amor. La mejor respuesta a todo en la vida es mirar al cielo y aprender a dejarlo todo en sus manos.
Cuando tengas miedo, cuando estés triste, cuando estés feliz, la mejor elección que puedes hacer es elegir a Dios como tu primera opción.

No te culpes si no sientes nada no significa que estés lejos de Dios, ni que él te haya abandonado, a veces el silencio es una invitación a crecer, a confiar más, a buscarlo con el corazón y no solo con los sentidos.
No busques siempre señales, busca a Dios en lo simple, en lo invisible, en lo cotidiano, ahí también está su presencia transformando tu vida.
Reflexiona:
¿Y si dejaras de buscar señales y solo confiaras en él?
¿Qué podrías lograr si creyeras sin sentir?
Porque cuando te entregas libremente a Dios, descubres que siempre estuvo contigo, en cada paso, en cada respiro.
