Por Yokasta Rodríguez García
Madrid, España.
El lunes 28 de mayo, a las 12:33 del mediodía, todo se apagó, España, Portugal y parte de Europa se quedaron sin luz, sin móviles, sin trenes, sin respuestas.
No hubo aviso. Solo un silencio raro. Un parpadeo que lo cambió todo.
En pocos minutos, el miedo se hizo dueño de las calles.
Gente corriendo a los supermercados, comprando lo básico como si se acabara el mundo: velas, agua, comida, papel higiénico. Los semáforos no funcionaban. Los ascensores se detuvieron. No podíamos llamar a nadie. Y en medio del caos, el pánico fue contagiándose como un virus.
Algunos hablaban de un ataque cibernético. Otros decían que esto era una señal del fin del mundo.
Y entonces surgió la gran pregunta: ¿Por qué, cuando algo se sale de lo normal, lo primero que sentimos es miedo?
¿Será que, en el fondo, sabemos lo frágil que es todo? ¿Será que vivimos tan desconectados de lo esencial que, cuando lo perdemos, sentimos que no somos nada?
Durante esas horas, muchos solo querían una cosa: hablar con su familia. Saber si estaban bien. Porque cuando todo falla, lo único que nos calma es el amor. La voz de los nuestros. El saber que no estamos solos.
Después de 10 horas, la luz volvió. Y con ella, la calma. Muchos dijeron: “Dios tenía el control.” Y sí… quizás siempre lo tuvo.
Pero, entonces, ¿por qué no confiamos desde el principio?
Dicen que fue un fallo técnico: un problema con la energía solar, una caída de frecuencia, una red eléctrica que no aguantó. Tal vez fue eso. O tal vez fue una sacudida. Una pausa que vino a decirnos: “Ey, detente. Mira lo que de verdad importa.”
Vivimos tan ocupados, tan distraídos, tan rápidos… que no vemos lo valioso de lo cotidiano hasta que lo perdemos.
Un mensaje, una llamada, una luz encendida… lo damos por hecho. Hasta que un día, se apaga.
Y quizás ese apagón no fue una tragedia, sino una oportunidad. Para hacer silencio. Para mirar hacia dentro. Para reconectar con lo esencial. Con la fe. Con la vida. Con lo que realmente somos.