El juego de la gallina en Ormuz: poder militar, lógica estratégica y el límite de Donald Trump

Mía González

Por Dr. Alexis Vargas

En las montañas, cuando dos carneros de las Rocosas corren en direcciones opuestas, el desenlace parece inevitable: uno cede o ambos se destruyen. En el estrecho de Ormuz, ese impulso primario ha sido trasladado al tablero geopolítico. Los contendientes tienen nombre: Donald Trump e Irán.

Ambos avanzan. Ninguno parece dispuesto a frenar.

Washington ha elevado la apuesta con un contra-bloqueo de facto: todo buque que pague a Irán queda fuera del tránsito seguro por una de las arterias energéticas más sensibles del planeta. Teherán responde con una exigencia igualmente innegociable: toda embarcación que cruce el estrecho debe someterse a inspección de la Guardia Revolucionaria. No hay zona gris. No hay margen de ambigüedad. Solo una línea recta hacia la colisión.

En términos de teoría de juegos, el escenario es clásico: el “juego de la gallina”. Dos actores aceleran hacia el abismo; el primero que gira pierde. Pero en política internacional, a diferencia de la abstracción académica, no todos los jugadores enfrentan el mismo costo por perder.

Ahí reside la clave.

En el plano táctico, Estados Unidos conserva una superioridad militar indiscutible. Puede interceptar, disuadir y, llegado el caso, destruir. Sus marines ya operan en embarcaciones ligeras para inspeccionar buques en tránsito. Pero cada interacción encierra un punto de no retorno: si un petrolero no se detiene, la decisión deja de ser técnica y pasa a ser estratégica. ¿Se dispara o no se dispara?

Porque del otro lado no hay un actor inerme. Irán ha construido, durante décadas, una arquitectura de guerra asimétrica diseñada precisamente para este tipo de escenarios: minas navales, enjambres de drones, lanchas rápidas con capacidad suicida y sistemas de misiles capaces de infligir daños significativos a costos marginales. En ese equilibrio imperfecto, basta un solo evento —una mina, un dron, un impacto— para convertir una escaramuza en una crisis de gran escala.

La pregunta, entonces, no es quién puede ganar una batalla, sino quién puede sostener el costo de la guerra.

Irán ha demostrado una resiliencia estructural frente a las sanciones. Ha diversificado rutas, ha operado bajo banderas de conveniencia, ha desplazado flujos energéticos por tierra, aire y mar, y ha tejido alianzas que amortiguan el aislamiento. No depende de la aprobación electoral ni de ciclos políticos inmediatos. Su margen de resistencia no es infinito, pero es suficientemente amplio.

Estados Unidos, en cambio, enfrenta una ecuación distinta. Si el bloqueo logra reducir la oferta iraní de petróleo, el efecto será inmediato en los mercados: alza de precios, presión inflacionaria y un impacto directo en el bolsillo del consumidor estadounidense. Es decir, una victoria operativa que se traduce en un costo político interno.

Y ahí entra la variable decisiva: el calendario.

Donald Trump no actúa en el vacío. Tiene por delante elecciones de medio término en noviembre de 2026. Su margen de maniobra está condicionado por encuestas, opinión pública y alianzas internacionales cada vez más volátiles. A diferencia de Teherán, Washington sí rinde cuentas, y lo hace en plazos cortos.

En el juego de la gallina, el desenlace no lo determina la voluntad de confrontar, sino la capacidad de absorber pérdidas. Y bajo esa lógica, el actor con mayor exposición política, económica y electoral es también el que tiene mayores incentivos para ceder.

El estrecho de Ormuz ha dejado de ser un problema militar. Es, en esencia, un problema de racionalidad estratégica. Estados Unidos puede imponerse en múltiples escenarios tácticos, pero eso no garantiza la victoria en el plano estructural. La historia reciente está llena de ejemplos donde la superioridad militar no se tradujo en éxito político.

La paradoja es evidente: cuanto más escala la presión, más estrecho se vuelve el margen de salida.

¿Por qué, entonces, persistir?

Parte de la respuesta se encuentra fuera de Ormuz. En Israel, donde Benjamin Netanyahu enfrenta un entorno político y judicial adverso que amenaza su permanencia. En ese contexto, la escalada regional no solo es una variable geopolítica, sino también una herramienta de supervivencia política.

Así, lo que se presenta como un pulso entre dos Estados es, en realidad, la intersección de múltiples crisis: energéticas, militares y domésticas.

El desenlace del juego de la gallina no depende de quién acelere más, sino de quién puede permitirse frenar sin colapsar.

Y en este tablero, la respuesta comienza a perfilarse con inquietante claridad.

Share This Article