NELSON VALDEZ
República Dominicana ya no se desangra: se pudre de pie, como una flor que se marchita en el altar de su propia indiferencia. Un país que finge estar vivo porque no soporta admitir que lleva años en coma moral. Aquí todos actúan: los políticos, los
medios, los votantes. Es un teatro donde la verdad no tiene taquilla y la mentira gobierna con honores. Los políticos dominicanos han perfeccionado el arte de la simulación. Se presentan como servidores públicos, pero solo sirven a sus bolsillos. Hablan de progreso mientras hipotecan el futuro de los que aún no han nacido. Prometen transparencia y entregan deudas. Firman préstamos para obras invisibles, inauguran avenidas que se agrietan al mes, y cortan cintas en hospitales sin insumos. Son los mayordomos de
su propio festín.
El Congreso, ese circo de trajes planchados y conciencias rotas, no legisla: factura. Cada diputado es un pequeño imperio de privilegios, un comerciante de favores. El pueblo no los respeta, pero los elige; no les cree, pero los celebra; no los necesita,
pero los aplaude. Así se fabrica la decadencia: con votos cómplices y silencios baratos. El problema no es solo político. El dominicano común también ha dejado de ser víctima para convertirse en cómplice. Le roban y sonríe. Le humillan y aplaude. Vota
por su verdugo porque el verdugo le promete una caja de comida o un empleo miserable. Se queja de la corrupción, pero admira al corrupto que tiene dinero. Es el país donde el ladrón inspira más respeto que el maestro. La educación es un espejismo, la salud una ruina, la justicia una caricatura. La institucionalidad dominicana no se cayó: fue vendida por partes. Cada escándalo se
olvida en una semana, cada crimen político se disuelve en el rumor.
Nadie exige cuentas, nadie dimite, nadie se sonroja. Es una nación que ha olvidado cómo se ruboriza. Y mientras tanto, el país se endeuda hasta la asfixia. Cada préstamo es una soga más en el cuello de los que aún gatean. No hay inversión que no huela a sobreprecio, ni proyecto público que no nazca enfermo de corrupción. República Dominicana vive de apariencias: carreteras sin drenaje, parques sin árboles, discursos sin vergüenza. Los poderosos roban, sí. Pero el ciudadano que calla también roba: roba futuro. Le roba futuro a sus hijos, a sus nietos, a sus sobrinos. El que no exige, consiente. El que no vota con dignidad, firma su propia sentencia. El que se resigna, muere antes de tiempo.
La República Dominicana no está gobernada por políticos corruptos, sino por una sociedad que ha dejado de recordar lo que es tener dignidad. Porque el olvido es también una forma de muerte. Y esta nación, tan hermosa, tan fértil, tan llena de talento, parece haber decidido morir por omisión.El día en que el dominicano despierte, descubrirá que no tiene país, sino ruinas. Que la bandera ondea sobre la mentira. Que la historia no se repite: se degrada. Porque los pueblos que no recuerdan no evolucionan, se pudren. Y el nuestro, por desgracia, ya huele a epitafio.
